EL FABULOSO MUNDO DE LA EDUCACIÓN INFANTIL
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EL FABULOSO MUNDO DE LA EDUCACIÓN INFANTIL

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Introducción
HEMOS DEDICADO ESTE ESPACIO AL FABULOSO MUNDO DE LA EDUCACIÓN INFANTIL. AQUI PODRÁS ENCONTRAR MULTITUD DE CUENTOS, CANCIONES Y POESÍAS PROPIOS PARA ESTA ETAPA, QUE TE SERÁN DE GRAN UTILIDAD SI VAS A TRATAR CON NIÑOS/AS DE ESTA EDAD.

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CUENTOS: educación infantil
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A CONTINUACIÓN MOSTRAMOS UNA SERIE DE CUENTOS PROPIOS DE LA ETAPA INFANTIL CON LOS QUE TODOS LOS NIÑOS ESTARÁN ENCANTADOS, ADEMÁS DE TODAS LAS COSAS Y VALORES QUE PUEDEN APRENDER A TRAVÉS DE ELLOS.



Los zapatos rojos
Autor: Hans Christian Andersen

Érase una vez una niña muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza, y en invierno tenía que llevar unos grandes zuecos, por lo que los piececitos se le ponían tan encarnados, que daba lástima.

En el centro del pueblo habitaba una anciana, viuda de un zapatero. Tenía unas viejas tiras de paño colorado, y con ellas cosió, lo mejor que supo, un par de zapatillas. Eran bastante patosas, pero la mujer había puesto en ellas toda su buena intención. Serían para la niña, que se llamaba Karen.

Le dieron los zapatos rojos el mismo día en que enterraron a su madre; aquel día los estrenó. No eran zapatos de luto, cierto, pero no tenía otros, y calzada con ellos acompañó el humilde féretro.

Acertó a pasar un gran coche, en el que iba una señora anciana. Al ver a la pequeñuela, sintió compasión y dijo al señor cura:

- Dadme la niña, yo la criaré.

Karen creyó que todo aquello era efecto de los zapatos colorados, pero la dama dijo que eran horribles y los tiró al fuego. La niña recibió vestidos nuevos y aprendió a leer y a coser. La gente decía que era linda; sólo el espejo decía:

- Eres más que linda, eres hermosa.

Un día la Reina hizo un viaje por el país, acompañada de su hijita, que era una princesa. La gente afluyó al palacio, y Karen también. La princesita salió al balcón para que todos pudieran verla. Estaba preciosa, con un vestido blanco, pero nada de cola ni de corona de oro. En cambio, llevaba unos magníficos zapatos rojos, de tafilete, mucho más hermosos, desde luego, que los que la viuda del zapatero había confeccionado para Karen. No hay en el mundo cosa que pueda compararse a unos zapatos rojos.

Llegó la niña a la edad en que debía recibir la confirmación; le hicieron vestidos nuevos, y también habían de comprarle nuevos zapatos. El mejor zapatero de la ciudad tomó la medida de su lindo pie; en la tienda había grandes vitrinas con zapatos y botas preciosos y relucientes. Todos eran hermosísimos, pero la anciana señora, que apenas veía, no encontraba ningún placer en la elección. Había entre ellos un par de zapatos rojos, exactamente iguales a los de la princesa: ¡qué preciosos! Además, el zapatero dijo que los había confeccionado para la hija de un conde, pero luego no se habían adaptado a su pie.

- ¿Son de charol, no? -preguntó la señora-. ¡Cómo brillan!

- ¿Verdad que brillan? - dijo Karen; y como le sentaban bien, se los compraron; pero la anciana ignoraba que fuesen rojos, pues de haberlo sabido jamás habría permitido que la niña fuese a la confirmación con zapatos colorados. Pero fue.

Todo el mundo le miraba los pies, y cuando, después de avanzar por la iglesia, llegó a la puerta del coro, le pareció como si hasta las antiguas estatuas de las sepulturas, las imágenes de los monjes y las religiosas, con sus cuellos tiesos y sus largos ropajes negros, clavaran los ojos en sus zapatos rojos; y sólo en ellos estuvo la niña pensando mientras el obispo, poniéndole la mano sobre la cabeza, le habló del santo bautismo, de su alianza con Dios y de que desde aquel momento debía ser una cristiana consciente. El órgano tocó solemnemente, resonaron las voces melodiosas de los niños, y cantó también el viejo maestro; pero Karen sólo pensaba en sus magníficos zapatos.

Por la tarde se enteró la anciana señora -alguien se lo dijo­ de que los zapatos eran colorados, y declaró que aquello era feo y contrario a la modestia; y dispuso que, en adelante, Karen debería llevar zapatos negros para ir a la iglesia, aunque fueran viejos.

El siguiente domingo era de comunión. Karen miró sus zapatos negros, luego contempló los rojos, volvió a contemplarlos y, al fin, se los puso.

Brillaba un sol magnífico. Karen y la señora anciana avanzaban por la acera del mercado de granos; había un poco de polvo.

En la puerta de la iglesia se había apostado un viejo soldado con una muleta y una larguísima barba, más roja que blanca, mejor dicho, roja del todo. Se inclinó hasta el suelo y preguntó a la dama si quería que le limpiase los zapatos. Karen presentó también su piececito.

- ¡Caramba, qué preciosos zapatos de baile! -exclamó el hombre-. Ajustad bien cuando bailéis - y con la mano dio un golpe a la suela.

La dama entregó una limosna al soldado y penetró en la iglesia con Karen.

Todos los fieles miraban los zapatos rojos de la niña, y las imágenes también; y cuando ella, arrodillada ante el altar, llevó a sus labios el cáliz de oro, estaba pensando en sus zapatos colorados y le pareció como si nadaran en el cáliz; y se olvidó de cantar el salmo y de rezar el padrenuestro.

Salieron los fieles de la iglesia, y la señora subió a su coche. Karen levantó el pie para subir a su vez, y el viejo soldado, que estaba junto al carruaje, exclamó: - ¡Vaya preciosos zapatos de baile! -. Y la niña no pudo resistir la tentación de marcar unos pasos de danza; y he aquí que no bien hubo empezado, sus piernas siguieron bailando por sí solas, como si los zapatos hubiesen adquirido algún poder sobre ellos. Bailando se fue hasta la esquina de la iglesia, sin ser capaz de evitarlo; el cochero tuvo que correr tras ella y llevarla en brazos al coche; pero los pies seguían bailando y pisaron fuertemente a la buena anciana. Por fin la niña se pudo descalzar, y las piernas se quedaron quietas.

Al llegar a casa los zapatos fueron guardados en un armario; pero Karen no podía resistir la tentación de contemplarlos.

Enfermó la señora, y dijeron que ya no se curaría. Hubo que atenderla y cuidarla, y nadie estaba más obligado a hacerlo que Karen. Pero en la ciudad daban un gran baile, y la muchacha había sido invitada. Miró a la señora, que estaba enferma de muerte, miró los zapatos rojos, se dijo que no cometía ningún pecado. Se los calzó - ¿qué había en ello de malo? - y luego se fue al baile y se puso a bailar.

Pero cuando quería ir hacia la derecha, los zapatos la llevaban hacia la izquierda; y si quería dirigirse sala arriba, la obligaban a hacerlo sala abajo; y así se vio forzada a bajar las escaleras, seguir la calle y salir por la puerta de la ciudad, danzando sin reposo; y, sin poder detenerse, llegó al oscuro bosque.

Vio brillar una luz entre los árboles y pensó que era la luna, pues parecía una cara; pero resultó ser el viejo soldado de la barba roja, que haciéndole un signo con la cabeza, le dijo:

- ¡Vaya hermosos zapatos de baile!

Se asustó la muchacha y trató de quitarse los zapatos para tirarlos; pero estaban ajustadísimos, y, aun cuando consiguió arrancarse las medias, los zapatos no salieron; estaban soldados a los pies. Y hubo de seguir bailando por campos y prados, bajo la lluvia y al sol, de noche y de día. ¡De noche, especialmente, era horrible!

Fin.



LAS ZAPATILLAS

Henrry y Abel, amigos entrañables, Abel en un Colegio
Particular, Henrry en la escuela del barrio, Abel con
posibilidades económicas, Henrry, muy pobre, Abel con
un hogar feliz, Henrry con un hogar lleno de
maltratos, lleno de violencia, pero que tenían estos
dos niños en común para ser amigos entrañables?,
aparte de la edad de 8 años, compartían momentos
felices y tristes de ambos, planeaban juntos sus
juegos, disfrutaban de su amistad con toda la energía
y fantasía de su niñez y sobretodo eran fraternos y
solidarios, por esa magia de los sentimientos sanos y
puros que solo los niños poseen.

Un día, Abel le propuso a Henrry retar a un partido de
fútbol a los niños del barrio vecino y Henrry aceptó
encantado, para eso entrenaban todos los días con
otros amiguitos mas que completaban el equipo; Henrry
era el mas entusiasta y aguerrido jugador, se les veía
emocionados esperando la fecha del partido que estaba
muy cerca.

Pero como no todo puede ser felicidad, un día Henrry
no vino al entrenamiento y muy extrañado Abel, salió
en busca de su amiguito, cuando llegó a la casa de
Henrry, lo encontró muy triste, estaba llorando porque
el único par de zapatillas que él tenía, desapareció
del patio de su casa que no tiene muralla, pues él las
había lavado y las tenía expuestas al sol, y cuando se
percató, ya no estaban en el lugar que las dejó;
contándole todo esto a su amigo Abel, le dijo muy
tristemente: "ahora ya no podré jugar, ahora ya no
tengo zapatillas, seguro me las robaron"; entonces
Abel contestó: "No te preocupes Henrry, vamos a ir a
mi casa y allí tengo varias zapatillas, verás como una
de ellas te quedará"; y estando de acuerdo salieron
corriendo a buscar las zapatillas. Pero que triste se
puso Abel, al llegar a casa, no había ninguna de las
zapatillas que él pensaba regalar a su amiguito, y
preguntó a su madre sobre las zapatillas que estaban
guardadas en la caja de zapatos, pero su mami le dijo:
"hijito, tuve que regalar esas zapatillas, porque me
ocupaban mucho espacio". Entonces Abel se encontraba
mucho mas triste aún, sin saber que hacer, entonces lo
único que se le ocurrió es tomar las zapatillas nuevas
que le habían comprado hace poco, y aún no las había
estrenado, pero en fin, se dijo, que se va hacer; y
con su caja en mano salió a la puerta de su casa donde
Henrry lo esperaba pacientemente, y le entregó las
zapatillas nuevas, le dijo te las regalo, en ese
momento la emoción embargó tanto a Henrry que casi
llora, Abel tenía desde pequeño ese desprendimiento,
una generosidad sin igual, y esa inocencia que solo
caracterizan a los niños. Henrry se encontraba tan,
pero tan feliz que su corazón palpitaba de alegría y
agradecimiento, tan veloz como sus pies al correr.

Llegó el día del partido, temprano se alistaron y
salieron a la cancha, como es natural, los padres de
ambos equipos salieron a alentar a sus hijos,
pero...pero, oh sorpresa para la mamá de Abel, se
preguntaba entre sí la señora: "¿serán que esas
zapatillas son parecidas a las que compramos a Abel?,
o son esas zapatillas?", estaba extrañada, confundida;
y bueno al terminar el partido que por cierto
perdieron, pero contentos con el hecho de haber
participado; la mamá de Abel se acercó a Henrry y le
dijo: "Henrry que bonitas zapatillas, mi hijo tiene
una iguales", y el niño le respondió: "Abel me las
regaló señora", y se fue a reunir con sus compañeros.
El rostro de la mujer se fue tornando en varias
tonalidades, rojo, morado, blanco, y por último solo
atinó a sonreír e irse para su casa.

Se imaginan la reprimenda que le esperaba a Abel en
casa?, si fue terrible, la madre de Abel se puso a
pensar en todo el costo que había importando esas
zapatillas, se decía a sí misma: "esas zapatillas eran
importadas, costaron en dólares, el modelo único;
ahora si, ahora si, Abel me va a tener que explicar.."
Y diciendo estas cosas, esperaba a su hijo; cuando
éste llegó, aparte de la golpiza, recibió el castigo
de no volver a salir a jugar fútbol; y por mas que
Abel daba explicaciones éstas no eran escuchadas.

Pasaron los años, Abel y Henrry se hicieron hombres,
cada cual por su lado, en este laberinto de la vida se
perdieron por mucho, pero mucho tiempo.

Abel que se había convertido en padre y tenía cuatro
niños, pero lamentablemente la profesión que había
escogido no le daba muchas ganancias; pero en fin, se
las arreglaba; un día que sería inolvidable para él,
entró a una mega tienda de calzados y compró a sus
hijos cuatro pares de zapatillas y aunque él también
quería comprarse unas, no podía, pues el dinero no le
alcanzaba, pero preguntó por curiosidad en voz alta a
las personas que atendían en el mostrador: "¿cuánto
valen estas zapatillas?", y alguien le contestó detrás
suyo: "nada", ¿nada? replicó dándose la vuelta al
mismo tiempo, encontrándose cara a cara con ese amigo
inolvidable, a quien un día le regaló sus zapatillas
nuevas, ¡era Henrry!, el dueño de la Tienda, y le
dijo, Gracias Abel por haberme enseñado el valor de la
solidaridad, el valor de la amistad; ahora me toca a
mí regalarte estas zapatillas y las de tus hijos; los
dos hombres se abrazaron y a pesar de los años
quisieron llorar como niños, entendieron que TODOS
PODEMOS SER SOLIDARIOS Y QUE EN ESTA VIDA, ASI COMO DA
VUELTAS, HAY TIEMPO PARA RECIBIR LA RECOMPENSA A
NUESTROS ACTOS.



Winnie Pooh, y el árbol de la miel

Paseando por el bosque, Winnie llegó a un claro donde crecía un gran roble, alrededor de cuya copa zumbaban las abejas. Tras mucho pensar (a Winnie le cuesta bastante trabajo) decidió que donde había abejas había miel, y la miel era lo que más le gustaba en este mundo. Así es que se puso a trepar y trepar, y cuando ya casi la tenía al alcance de la mano, la rama que le sostenía se rompió y cayó sobre un montón de zarzas.

Winnie se puso a pensar de nuevo y esta vez creyó haber encontrado una solución brillante, así es que se fue en busca de su amigo Cristóbal Robin para que le prestara su globo azul. Atado al globo llegaría hasta el panal de miel. Estaba seguro que las abejas confundirían el globo con el cielo, y a él mismo, bien manchado de barro, con una nube. La idea no hubiera sido mala si hubiera salido bien; pero las abejas pincharon el globo y el osito cayó a tierra nuevamente.

Tras su fracaso, Winnie fue a visitar a su amigo Conejo. Sabía que en su casa siempre había dos o tres tarros de miel y estaba seguro de que le invitaría a tomar un poquito. Metió la cabeza por la entrada de la madriguera de Conejo y preguntó si estaba en casa; a pesar de las negativas de Conejo que decía que se había marchado, Winnie entró, y por cortesía Conejo no tuvo más remedio que invitarle a tomar un poco de miel.

Pero como cuando de miel se trata el osito no se harta nunca, no pasó mucho tiempo antes de que acabara con todas las reservas que había en la madriguera.

El problema estuvo a la hora de marcharse. Había engordado tanto que quedó atascado en la entrada de la madriguera, con la mitad del cuerpo dentro y la otra mitad fuera. Conejo corrió en busca de Cristóbal para que les ayudara a salir.

Fue imposible desatascarlo, así es que Cristóbal Robin decidió que no había otro remedio que esperar a que adelgazara. Winnie permanecería allí hasta entonces, con la prohibición absoluta de tomar nada de alimento.

Los amigos acudían a visitarle y le entretenían con sus historias, pese a que Winnie tan sólo pensaba en que alguien le diera algo de comer; pero Cristóbal lo había prohibido y nadie se atrevía a desobedecer. Para que no pasara frío por las noches, Lechoncito le ató un pañuelo a la cabeza y se despidió hasta el día siguiente.

Los días pasaron. Conejo empujaba a Winnie de cuando en cuando para comprobar si había adelgazado lo suficiente y ya podia dejarle su entrada libre. Por fin llegó el momento de sacar al oso de su prisión. Llegó Cristóbal tocando el tambor al frente del cortejo de quienes intentarían la proeza: allí marchaban Cangu, Ro, Conejo, Topo, Búho y el burrito Igore.

Cristóbal agarró las manos de Winnie y empezó a tirar; de Cristóbal tiraba Cangu; de Cangu, Igore; de Igore, Lechoncito… Al fin, con un ¡Plop! Espectacular, Winnie salió disparado por los aires mientras sus amigos rodaban por el suelo.

Winnie fue a estrellarse contra la copa del roble… ¡Y se quedó atascado en el hueco del árbol! ¡Justo en la colmena repleta de miel! Mientras la comía a puñados pensaba que no le importaba engordar un poco más.

Fin.



VIAJE A LA ISLA MAGICA

En un océano muy lejano hay una isla muy pequeñita la cual no ha visto barco alguno. Cuentan que allí viven unos seres diminutos que tienen alas. También dicen que la isla es mágica, allí las flores y los árboles le hablan a uno, el río canta con mucho talento, y hasta la luna se ríe a carcajadas cuando los simpáticos habitantes cuentan chistes. Cada día nuestros simpáticos amiguitos celebran un sorteo. Un gran cofre contiene el nombre de todos los niños del mundo. Uno de ellos será el elegido para pasar unas horas en la isla. Sólo hay dos condiciones, el niño deberá estar dormido en el momento de ir a buscarlo y además tendrá que haber sido muy bueno durante el día. El protagonista de nuestra historia dormía profundamente cuando un grupo de seres alados entraron en su dormitorio y se lo llevaron volando por encima de los tejados. Al llegar a la isla el niño despertó en medio de una gran fiesta celebrada en su honor. Dulces frutas que no conocía, pasteles adornados con flores y zumos suaves eran expuestos encima de una gran mesa esperando a ser comidos. Después del banquete el niño fue llevado de excursión por toda la isla teniendo la oportunidad de escuchar el canto del río mágico. También visitó un campo de gigantes flores silvestres que tenían cosquillas y se reían cuando las tocaban. Se lo pasó tan bien nuestro amigo que cuando llegó la hora de irse quiso saber si podría volver otro día. "Tú sólo tienes que portarte bien y quien sabe, es cuestión de suerte” le respondieron. Al despertar el niño al día siguiente vio la cara sonriente de su mamá. "¿Qué tal has dormido, cariño?" "muy bien mamá, he tenido un sueño tan hermoso". El hijo relató lo que él creía que era un sueño a su madre. Ella le asía las manos mientras hablaba y de repente le dijo "hum, hueles a flores silvestres". Sólo entonces el niño dudó que hubiera sido un sueño.



EL VAMPIRO
Autor: HORACIO QUIROGA

—Sí—dijo el abogado Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro. En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

-¡Ah! ¡Usted me entiende!—exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:

—¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!

—Óigame: Cuando yo llegué.. . allá, mi mujer...

—¿Dónde allá?—le interrumpí.

—Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos. ¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:

—¿Qué hace? ¡Conteste!

Y yo le contesté:

—¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!

Entonces se levantó un clamor:

—¡No es ella! ¡Ésa no es!

Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:

—¡Por qué! ¡Por qué!

Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome. Entonces comencé a oír de todas partes:

—Murió.

—Murió aplastada.

—Murió.

—Gritó.

—Gritó una sola vez.

—Yo sentí que gritaba.

—Yo también.

—Murió.

—La mujer de él murió aplastada.

—¡Por todos los santos!—grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!

Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían descuadrados y la remoción avanzaba a saltos. A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!

No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.

Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio. Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!

En el hueco de una puerta—carbón y agujero, nada más—estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera. ¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María! La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!

—¡Rebuscador de cadáveres!—repetí yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!

El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.

—¡Conque sabías entonces! —articuló—. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora!

¡Ah! —rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer

sentado—: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!

No necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó el abogado—, para orientarme

totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .

—¿Anoche? —exclamó un hombre joven de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta a los locos?

—¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si

reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.



Víspera de Navidad

Era la víspera de Navidad, y todo en la casa era paz. No se oía ni un ruidito, ni siquiera chillar a un ratón. Junto al fuego pendían los calcetines vacíos, seguros que pronto vendría Santa Claus. Sobre la cama, acurrucaditos y bien abrigados, los niños dormían, mientras dulces y bombones danzaban alegres entre

sus sueños. Mamá con pañoleta, yo con gorro de dormir, iniciábamos apenas, un largo sueño invernal. De pronto en el prado surgió un alboroto, salté de la cama y fui a ver qué pasó. Volé como un rayo hasta la ventana, jalé la cortina y tiré del postigo. Blanca y suave era la nieve y dulce el brillo de la luna, parecía mediodía en nuestra tranquila villa. Cuando para mi asombro vi pasar a lo lejos, ocho pequeños renos y un diminuto trineo. Conducía un viejecito, vivaracho y veloz, y supe en seguida que debía ser Santa Claus. Más rápido que las águilas, sus corceles volaban, y él silbaba y gritaba a sus renos llamándolos: ¡Vamos Destello y Relámpago! ¡Adelante Gambito, Danzarín y Cupido! ¡Jala duro Cometa! ¡Lleguen lejos Estrella y Lucero! ¡A la cima del techo! ¡A la cima del muro! ¡De prisa, de prisa, que los niños me esperan!

Cual hojas secas de un árbol, remontaban al cielo al hallar a su paso alguna barrera. Volaron así hasta posarse en la casa, Santa Claus, los renos y el trineo con juguetes. En un parpadear, sobre el techo escuché los pequeños cascos de los renos patear, y al voltear la cabeza, entre cenizas y troncos, por la chimenea cayó Santa Claus. Abrigado con pieles, de la cabeza los pies, Santa Claus se encontraba todo sucio de hollín. Cual ropavejero, con un saco a la espalda, descargó su equipaje y se puso a jugar. ¡Cómo brillaban sus ojos! ¡Cómo sus labios sonreían! ¡Se veía tan gracioso! ¡Su nariz parecía una cereza, sus mejillas estaban rosadas, y su barba, tan blanca, recordaba la nieve!

Su cara era amplia, y cuando reía, temblaba su panza redonda, como un gran tazón de jalea. Al verlo jugando, gordinflón y rollizo, como un duende gracioso, me reí sin querer. Santa Claus guiñó un ojo y sacudió la cabeza, de tal forma que supe que no había qué temer. No habló ni una palabra y volvió a su trabajo, llenó bien los calcetines, inclinó la cabeza, arrugó la nariz, y después, de un brinco salió por la chimenea. Saltó a su trineo y silbó a sus corceles, que arrancaron volando, cual hojas de un árbol que el viendo arrastró. A lo lejos pude escuchar que exclamaba: ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS

Fin.



VISITA EXTRATERRESTRE

Plácido, como era un niño muy pulcro, planchaba su ropa para ir a la playa.

De pronto, una pulga con casco y antenas, planeó por la sala y aterrizó en la palma de la mano derecha de Plácido.

-¡Hola!- dijo la pulga con casco y antenas- Soy Palmira la pulga marciana que vengo a este planeta de exploración.

Plácido estaba alucinado. Era su primer contacto con una pulga exploradora de otro planeta.

-¡Hola! Yo Soy Plácido. Sería un gran placer para mi, poderte ayudar en tu exploración.

-¡Fenómeno!- exclamó la pulga- Tenía un plan de vuelo preparado pero algo falló y no encuentro la planta en la que debería haber aterrizado.

-¿Qué tipo de planta es?- preguntó Plácido con ganas de colaborar.



LA ULTIMA HADA

"...Dice el mito; cuando un niño deja de ser niño, en algún bosque
del mundo, muere un hada..."


Esto sucedió en el bosque mas cercano a tu casa, si! tú, niño ó
niña que estas a punto de leer esta historia, asi es, todo realmente
pasó en ese bosque que está muy cerca de ti, solo que no pones
atención; porque ese bosque que tu conoces, está lleno de hadas,
bueno, lo estuvo, pero con tu ayuda las hadas podrian volver; quieres
saber como?; solo lee y pon atención:...

En ese bosque que te digo, no hace mucho había allí muchas hadas
que vivian muy felices gracias a todos los niños. Tenian una gran
comunidad y todo marchaba excelente.

La reina, el hada Lucia era la mas vieja de todas, pero no por
vieja era menos bonita, porque las hadas no pierden nunca su
juventud, ella seguía siendo tan joven en apariencia, pero ya tenía
setenta años de edad, lo cual era algo increíble, pórque las hadas
solo viven hasta los quince años la que más.

Pero últimamente las hadas vivian menos porque los niños dejaban
de soñar e imaginar a mas temprana edad, Había hadas que vivian
solamente hasta los nueve años, luego morian porque algún niño dejaba
de soñar, y eso preocupaba mucho al hada Lucia, que veía con tristeza
como morian sus hermanas que pasaban a ser gota de rocío, luego se
convertian en arcoiris y eran evaporadas por el sol.

Y asi pasaba el tiempo y cada vez Lucia se iba quedando sola
porque aparte que morian sus hermanas, ya había pasado un buen tiempo
sin que naciera ningun hada, y esto era porque los niños preferian
los sueños ya fabricados; como jugar juegos electronicos ó mirar el
televisor durante mucho tiempo.

Y llego el día en que Lucia se quedo completamente sola en ese
bosque. Esperó y esperó para ver nacer a un hada, pero nada, los
niños estaban ahora llenos de informacion, pero no de sueños y Lucia
se entristeció y voló a otros bosques a buscar hadas pero no encontró
a ni una sola, hasta que desistió y volvió a su bosque, se sentó
sobre una cáscara de nuez y se puso a llorar.

Lloró y lloró hasta que la noche llegó, y junto con la noche llegó
el señor buho y se paró en el nogal cercano a donde estaba Lucia.

---porque lloras hadita?--dijo mirandola con sus ojotes

Lucia miro hacia arriba y se encontro con el buho examinándola

---porque me he quedado sola!--contestó sin dejar de llorar--todas
mis hermanas han muerto!
---vaya cosa rara!--dijo el buho poniendo cara de detective
tratando de resolver un misterio--y tu sabes porque murieron?
---lo único que puede matar a un hada, es que un niño deje de ser
niño
---y tu estas viva!, eso significa que un niño sigue siendo niño
---el niño al que te refieres es ahora un anciano
---porque un anciano?
---físicamente es un anciano, pero él nunca perdio sus sueños ni
su corazón de niño, por eso sigo viva
---y porque no acudes a él y le pides ayuda
---lo tienen encerrado en un asilo para gente grande porque su
hijo pensó que era una mala influencia para sus nietos, pero él no ha
dejado de creer ni un momento en nosotras.

Luego Lucia pusó cara de resolución y agrego

---si!, voy a ir con él, es hora de que sepa que todo lo que ha
creido en su vida si existe, dejaré que me vea, será su regalo por
creer en las hadas.

*** *** *** *** ******* ** * * * * *

Don Beto se levantó muy temprano, a las cinco de la mañana y fue a
la cocina a prepararse un café. Estaba infringiendo las reglas de
asilo pero él no soportaba dormir tanto. El café se servía todos los
dias a las siete de la mañana y nunca estaba dispuesto a esperar
tanto, a la hora que despertaba, iba y se preparaba su café.

El era un hombre de caminar alegre aunque pausado, todo su cabello
era blanco, no del plateado que dan las canas, si no blanco opaco, su
bigote era blanco también y abundante y no usaba lentes, nunca los
necesito, le daba un cierto aire al físico Albert Einstein.

Todos los ancianos lo apreciaban mucho,pero los enfermeros lo
consideraban loco, porque el estereotipo que tenian de un anciano;
cansado, callado y terco no ajustaban con Don Beto, para él,
infringir las reglas no era terquedad, era una travesura divertida, y
aunque hacía rabiar a los cuidadores, siempre tenía mañas para
salirse con la suya.

Se preparó su café y salió al pórtico con la taza humeante y se
sentó trabajosamente péro decididamente en las escaleras que daban a
un jardín, eran solo cinco escalones y allí dio un sorbo a su café
para despues depositarlo a su lado mientras admiraba los rosales
recién abiertos.

En el horizonte se veía la línea roja que anunciaba la mañana. Don
Beto dio otro sorbo a su café sin dejar de mirar los rosales y ante
sus ojos pasó volando una mariposa muy veloz que fue a colocarse en
una rosa abriendo y cerrando sus alas transparentes, Don Beto forzo
la vista entrecerrando sus ojos, desde donde estaba, eso no parecía
una mariposa del todo, Luego volvió a levantar el vuelo y dio una
vuelta por todo el jardín, pasó por todas las ventanas del asilo
deteniendose en cada una como asegurandose que todos sieguieran
dormidos, volvio con Don Beto y se posó en su rodilla derecha; era
Lucia.

El anciano al verla sonreirle abrio los ojos sorprendido y la
examinó.

---un.....hada?

Lucia asintió sonriendo y haciéndole una reverencia a manera de
saludo.

---Dios mío!!--dijo Don Beto preocupado--ya estoy empezando a
tener alucinaciones!, mi hijo tenía razón, estoy senil!!
---no Beto--.dijo Lucia--no soy una alucinacion, soy un hada, me
llamo Lucia y necesito tu ayuda.
---las hadas no existen!--dijo tratando de convencerse a si mismo
ó recordando algún comentario de su hijo.
---tu no crees eso!, de otra forma yo estuviera muerta, tu crees
en las hadas y te repito que necesito tu ayuda; soy la última hada y
no he muerto porque tu sigues creyendo.

Don Beto la miró, Lucia se sentó sobre su rodilla, él se talló los
ojos, la volvio a mirar, miro al cielo, las rosas, volteó a un lado,
al otro, luego su rodilla, allí seguía el hada con cara de
aburrimiento; Don Beto sonrio.

---lo sabía!!!siempre lo supe!!--dijo liberandose de todas las
reprimendas y burlas que seguramente había recibido durante toda su
vida--las hadas existen!!!
---ya no--dijo Lucia--yo soy la última

Don Beto la miró

---la última?
---asi es, y si no fuera porque nunca dejaste de creer, hace mucho
que habría muerto
---y las demas hadas? en verdad todas murieron?
---si, y no se que hacer para hacer que vuelvan a nacer
---pues, con solo que los niños sueñen
---y como hacer eso?, si los niños de hoy perdieron la capacidad
de soñar a causa de los adelantos en juegos y programas televisivos,
Ya no juegan rondas infantiles; prefieren el nintendo, Ya no salen al
campo a conocer la vegetación, todo lo sacan del internet, ya no
crean mundos en sus sueños, ya no se imaginan nada.

Don Beto estuvo pensando unos momentos, luego propusó:

---y porque no te dejas ver por algunos niños, asi ellos contaran
a los demás sobre ti, y quizas empiezen a soñar.

Lucia dudó y después miró a Don Beto y asintió sonriendo

---esta bien, pero que sean tus nietos y los nietos de todos los
que estan aqui
---de acuerdo, precisamente mañana es dia de visita y los traere
aqui
---bien, mañana aqui estaré

Y se despidió perdiendose en la espesura de los rosales. Don Beto
terminó su café con un semblante m,as feliz, las hadas existian, y
aunque jamás lo pusó en duda, tenía que negarlo abiertamente por
temor al manicomio, pero ahora era diferente, entró a la edificacion
y contó todo lo sucedido a todos los demás ancianos que no le
creyeron, pero lo querian mucho y aceptaron que sus respectivos
nietos fueran con él un momento al dia siguiente.

Toda la noche no pudo conciliar el sueño de tanta expectación y
solo pensaba en el hada...hasta que el dia llegó.

Se levantó a esperar la llegada de sus nietos con mucha
impaciencia. Eran ya las nueve de la mañana y a lo lejos divisó el
auto de su hijo, como siempre muy puntual.

Cuando sus nietos bajaron del auto se le abalanzaron felices como
todas las semanas porque lo querian mucho.

---abuelo!, abuelo!--gritaron al unísono y se le abrazaron de las
piernas
---niños!!--dijo el padre--denle espacio a su abuelo

Los niños inmediatamente soltaron a su abuelo y vieron a su papá
avergonzados mientras éste extendía la mano´para saludar

---como estas papá--dijo mecánicamente com si saludara a un vecino
---bien hijo--dijo Don Beto feliz--pasen
---eh--dijo su hijo--me temo que tengo que trabajar
---hoy!?
---asi es, y si no te molesta dejaré a los niños y pasaré mas
tarde por ellos
---esta perfecto--dijo sonriente

Su hijo dio media vuelta y avanzó unos cuantos pasos y de pronto
se detuvo como recordando algo

---ah!, y papá...por favor, no les cuentes cosas que no son, es
malo para su formación.

A Don Beto le dolió el comentario, pues esa era la razón por la
cual vivía en ese asilo; por querer llenar de fantasía la niñez de
sus nietos. El pensaba que los niños, niños son y merecen soñar y
permanecer lo mas que se pueda inocentes, aun asi contesto a su hijo
enigmaticamente:

---no te procupes, no les contaré ni les mostraré nada que no sea
real
---bien--y se despidió

Los niños lo tomaron de la mano y se disponian a entrar pero el
abuelo les pidio que fueran al jardín, y asi lo hicieron y se
sentaron en las escaleras, luego los niños se dieron cuenta que los
demas ancianos y sus nietos salian al jardín; al parecer a todos les
había apetecido tomar el aire.

---bien Beto--dijo un anciano--aqui nos tienes a todos
---esperen un momento--dijo y miro hacia el jardín
---que pasa abuelo?--dijo su nieto
---creen en las hadas?--preguntó a los dos
---claro que no!--dijo su nieta--papá dice que esas cosas no
tienen fundamento y que solo atrofian la mente de los niños
---asi es--continuo el varón--y papá te dijo que no nos hablaras
de eso
---si no creen en las hadas, me podrian explicar que es eso?--y
señalo a los rosales donde volaba Lucia.
---eso?--dijo su nieta--es una simple mariposa
---segura?--y gritó--Lucia!

El hada se acercó y a medida que se acercaba todos los niños y sus
abuelos poco a poco abrian sus bocas de sorpresa; los nietos de Don
Beto no fueron la excepcion.
Lucia se paró sobre un botón de rosa sin abrir e hizo una caravana
de saludo. Todos estaban mirandola boquiabiertos y en silencio.

---ella es Lucia--dijo Don Beto--el hada Lucia
---hola!--dijo Lucia con otra reverencia

Todos; ancianos y niños, se empezaron a acercar para ver al hada,
estaban muy sorprendidos, y los nietos de Don Beto mas que nadie.

El hada voló hacia la mano de Don Beto y todos vieron que el botón
donde estaba parada había abierto dando una hermosa rosa gracias al
polvo de hada que soltó Lucia. Ya en la palma de Don Beto pidio a
todos acercarse y les dijo:

---me he quedado sola. Soy la última hada que queda en el mundo, y
todo porque ustedes ya no sueñan, ya no creen ó nunca han creído.
Beto toda su vida creyó en las hadas y por él estoy viva. Niños,
mirenme y digan a sus amigos que nosotras existimos, somos reales,
como reales pueden ser los sueños si se sueña con suficiente fervor.
Sueñen y hagan soñar para que nazcan mas hadas, por favor.

Terminando de decir esto emprendio el vuelo, revoloteo por entre
todos los niños parandose en el aire frente a cada uno sonriendo para
que la vieran mejor y finalmente se perdió entre las hierbas del
jardín.
Los niños y sus abuelos se miraron felices y emocionados por
aquella hermosa experiencia.

---las hadas existen!!--decian unos
---era muy bonita!"!--decian otros
---donde vivira?--y con esa pregunta empezaban a soñar ó a
imaginarse visualizando el posible hogar de la hermosa hada Lucia.

El tiempo pasó y llegó la hora de irse y llegó el padre de los
nietos de Don Beto, estos al verlo se le abalanzaron felices

---papá!--dijo el niño--vimos un hada!
---si!--secundó la niña--el abuelo tenía razón, las hadas si
existen!

El padre miro con recelo a Don Beto y dijo a los niños:

---que les he dicho!
---pero, estabas equivocado--dijo el varón--nossotros vimos a una,
se llama Lucia
---vayan al auto, ya hablaremos de eso mas tarde
---pero...
---al auto!--finalizó y caminó hacia Don Beto
---que has hecho papá!--dijo molesto--te dije que no les contaras
tus anecdotas
---y no lo hice hijo
---entonces!?
---no vieron ni escucharon nada irreal

Su hijo lo miro con decepcion, giro sobre sus talones y sin
despedirse subió al carro y se fue.

Don Beto se entristeció por lo duro que tenía su hijo el corazón,
y se fue a su recámara.

*** *** *** *** *** *** **** *** *** **

Cuando Lucia llegó a su bosque; ese, el que está´por tu casa, se
dio cuenta que empezaban a nacer sus hermanas hadas; unas salian de
entre el musgo, otras al reventar nueces, del rio, de las flores, de
los rayos del sol. De todos lados salian hadas volando y jugueteando
y todo gracias a que los niños como tú, soñaban e imaginaban tantas
cosas fantasticas.

*** *** *** *** **** *** *** *** ** ***

Lucia volvió al asilo con Don Beto a darle las gracias y lo
encontró triste, pero ella sabía porque; por su hijo y dijo a Don
Beto:

---Beto, hablale a tu hijo y dile que venga, que es urgente

Don Beto asi lo hizo y en menos de una hora su hijo estaba
estacionando el coche. Bajó y fue con su papá un poco molesto por
haberlo hecho ir otra vez.

---que pasa papá
---nada hijo, quería pedirte perdón por lo de la mañana, es que,
tus hijos necesitan fantasía, tu nunca soñaste de pequeño
---en este mundo papá, los sueños no sirven de nada
---al contrario!, los sueños son todo lo que hace falta
---papá, no vine a discutir...
---ni yo estoy aqui para discutir si no para que veas la verdad--
interrumpió--Lucia?--dijo mirando el bolso de su camisa

En ese momento se asomó el hada y el hijo abrió los ojos
desmesuradamente, Lucia salio y voló frente a él, se acercó y le tocó
la nariz, luego retrocedió para pararse en el hombro de Don Beto.

Su hijo lo miró, luego al hada que le sonreía

---es real hijo, siempre han sido reales, pero hasta hoy te lo
pude comprobar

Su hijo seguía pasando la mirada del hada hacia su padre y
viceversa hasta que Lucia dio un beso a Don Beto en el lóbulo de su
oreja y dijo:

---adios Beto, muchas gracias por conseguirme soñadores--luego
volteo con el hijo--adios; tu padre es toda bondad y tus hijos, una
bendición

Dicho esto salió volando por la ventana, sabía que padre e hijo se
reconciliarían.
El hijo de golpe comenzó a creer, y alla en el bosque; un hada
nació.

*** *** *** *** *** *** *** **

Y desde ese dia Lucía jamás estuvo sola porque las hadas seguian
apareciendo lo cual significaba que había un niño mas que soñaba, es
mas; tu vecinito también soñó y gracias a él tambien nació un
hada...porque no sueñas tambien tu?

Esto sucedió en el bosque que está por tu casa, si no me crees,
cuando vayas a ese bosque mira bien las hojas que esten en el suelo ó
los petalos caídos, quizas encuentres pequeñas huellas, ó mira el
polvo que se ve a traves de los rayos del sol, es polvo de hada y si
ves pequeños destellos entre el povo...que crees que son?

"...tambien dice el mito; cuando un niño sueña, en algún bosque
del mundo, nace un hada..."

FIN



LA ÚLTIMA NAVIDAD

En la historia de los tiempos, concretamente en Navidad, todos nos volvemos más humanos, más alegres, más melancólicos... Todos menos Mr. Trodat, un viejo gruñón que siempre detestó la Navidad de una forma exagerada. Cuando llegaban estas fechas, se encerraba en su casa, se armaba de sus libros y cuando sonaban los villancicos, salía por la ventana a echar a los niños que los cantaban. - ¡Malditos niños! ¡Fuera de aquí y dejáos de ñoñeces!-. Todos le temían por su mal genio, y hasta Mrs. Antino, que limpiaba en su casa una vez por semana, le tenía no poco miedo. - De buena gana no le limpiaba más, total, para lo que me paga... pero mis hijos necesitan comer. ¿Este hombre no tiene sentimientos?- Les contaba a los que como ella, le conocían tan bien. Sabían que sus hijos le habían pedido limosna y que con patadas los había echado de su casa. Pero las nieves acechaban con sus garras heladas aquel año, impidiendo a los niños y las gentes cantar y estar felices. El hambre y el frío también tuvieron encuentro, y mucha gente enfermó aquella Navidad, en fin, como casi todas.

La noche anterior a Navidad, Mr. Trodat se acostó muy temprano. Cenó un poco de pan con ajo y se fue a la cama. Mientras dormía, alguien picó a la puerta de su habitación. -¿Quién recórcholis es? ¿Quién ha osado a entrar en mi casa sin mi permiso? ¿Es usted, Mrs. Antino?- Pero nadie contestó. Muy enfadado, sin un ápice de miedo en su retorcido rostro, cogió un trozo de leña y, poniéndose las zapatillas, se acercó a la puerta. Abrió súbitamente, -¡Maldito ladrón, te... !- pero no vio a nadie. - ¿Qué clase de broma es esta?-. Y gruñendo de nuevo, volvió a cerrarla.

De pronto, cuando solo se hubo acostado en la cama, la puerta se abrió y Mr. Trodat pudo ver asombrado una figura negra llevando consigo una hoz. -¿Quién eres? ¿Qué quieres?- Dijo titubeante- ¿No sabes quién soy?- Dijo la figura negra. -No, acércate más-. Y la figura negra así lo hizo. Cuando estuvo en sus mismas narices, Mr. Trodat pudo ver quién era. -¡No! ¡No! ¡Eres la Muerte! ¡Vete de mi casa! ¡Aún no me quiero ir!-. La Muerte, silenciosa, se sentó a su lado y le dijo: - Hace muchos años que estás muerto, Trodat. ¿Cuándo fue la última vez que sonreíste a un niño? ¿Cuándo fue la última vez que ofreciste tu cariño a la gente que lo necesitaba? Ya te he concedido demasiado tiempo. Esto se acabó-. ¡No, por favor! ¡Haré lo que me pidas, lo que quieras, pero no me lleves todavía! ¡Sí, sí, es verdad! ¡Soy un cascarrabias y un tonto viejo gruñón! ¡Tengo dinero para toda esta pobre gente! ¿Ves? Lo guardo aquí... - Señaló a una baldosa debajo de su cama.- No puedo creerte. Tienes más de ochenta años y no has cambiado nunca. ¿Qué más da? Tarde o temprano, vendré a por ti, y a donde vas les caerás muy bien -. ¡Dame un día! ¡Sólo un día! ¡Te prometo que cambiaré! Oh, Dios mío, siempre he estado solo y nadie me ha dado cariño. Me he transformado en un monstruo...- Dijo abatido.- He esperado muchos años para oír esas palabras, pero ya es demasiado tarde. Ahora acuéstate, ponte cómodo. Tu nueva vida te espera...- Mr. Trodat hizo lo que la Muerte le había pedido, no sin antes levantar la baldosa y sacar de ella todos los billetes, dejándolos todos encima de su mesita de noche. Y esperó, esperó, hasta que dejó de pensar y sentir.

Al cabo de un tiempo que no supo medir, Mr. Trodat, suponiéndose muerto sobre su cama, fue deslumbrado por una luz cegadora, y a lo lejos, creyó oír unos angelicales cánticos. - ¡No puede ser, estoy en el cielo!- Pensó, pero no fue capaz de abrir los ojos, no hasta que escuchó unos fuertes golpes y una voz femenina. -¡Mr. Trodat! ¡Mr. Trodat! ¡Abra la puerta, soy Mrs. Antino!-. Entonces fue cuando abrió los ojos, y vio su cuarto, sus billetes encima de la mesita de noche y un rayo de luz entrando por la ventana.

- ¡Vamos, Mr. Trodat! ¡Hoy es Navidad! Le he traído un poco del pavo que he cocinado. ¡Vamos, no sea tan orgulloso y abra la puerta!- Y Mr. Trodat comprendió que la Muerte le había perdonado la vida. -¡Es maravilloso! ¡Estoy vivo! ¡Vivoooooo!- Así que dio un salto, se puso su batín, sus zapatillas, cogió unos cuantos billetes y bajó a saltos escaleras abajo hasta la puerta. Mrs. Antino ya se marchaba resignada con su pavo entre las manos y al oír los gritos del anciano, se volvió asustada, pensando que se había vuelto loco. -¡Mrs. Antino! ¡Vuelva aquí, por favor! ¡Es Navidad, Navidad, y estoy vivo! ¡Je,Je, vivoooooo!-

Y con sus gritos de euforia logró despertar a los que todavía dormían. A lo lejos se oyeron villancicos y había dejado de nevar, y habiéndole entregado cinco billetes a Mrs. Antino se fue corriendo hacia los chicos que cantaban, uniéndose a ellos y lanzando billetes a todos los pobres que acudían a su encuentro. -¡Se ha vuelto loco!- Decía la gente, y Mrs. Andino, llorando de emoción, dijo: - Dejadle que disfrute de su locura. Mr. Trodat sabe que ésta va a ser su última Navidad-. Y lo vieron regresar a su casa con un reguero de niños a sus espaldas, cantando y riendo, feliz por poder disfrutar de su última Navidad.

Fin.



EL TIGRE
Autor: HORACIO QUIROGA

Nunca vimos en los animales de casa orgullo mayor que el que sintió nuestra gata cuando le dimos a amamantar una tigrecita recién nacida.
La olfateó largos minutos por todas partes hasta volverla de vientre; y por más largo rato aún, la lamió, la alisó y la peinó sin parar mientes en el ronquido de la fierecilla, que, comparado con la queja maullante de los otros gatitos, semejaba un trueno.
Desde ese instante y durante los nueve días en que la gata amamantó a la fiera, no tuvo ojos más que para aquella espléndida y robusta hija llovida del cielo.
Todo el campo mamario pertenecía de hecho y derecho a la roncante princesa. A uno y otro lado de sus tensas patas, opuestas como vallas infranqueables, los gatitos legítimos aullaban de hambre.
La tigre Abrió, por fin. Los ojos y, desde ese momento, entró a nuestro cuidado. Pero, qué cuidado! Mamaderas entiabadas, dosificadas y vigiladas con atención extrema; imposibilidad para incorporarnos libremente, pues la tigrecilla estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela, más tarde, para atender los dolores de vientre de nuestra pupila, que se revolcaba con atroces calambres y sacudía las patas con una violencia que parecía iba a romperlas. Y, al final, sus largos quejidos de extenuación, absolutamente humanos. Y los paños calientes, y aquellos minutos de mirada atónita y velada por el aplastamiento, durante los cuales no nos reconocía.
No es de extrañar, así, que la salvaje criatura sintiera por nosotros toda la predilección que un animal siente por lo único que desde nacer se vio a su lado.
Nos seguía por los caminos, ente los perros y un coatí, ocupando siempre el centro de la calle.
Caminaba con la cabeza Baja, sin parecer ver a nadie, y menos todavía a los peones, estupefactos ante su presencia bien insólita en una carretera pública.
Y mientras los perros y el coatí se revolvían por las profundas cunetas del camino, ella, la real fiera de dos meses, seguía gravemente a tres metros detrás de nosotros, con su gran lazo celeste al cuello y sus ojos del mismo color.

Con los animalitos de presa se suscita, tarde o temprano, el problema de la alimentación con carne viva.
Nuestro problema, retardado por una constante vigilancia, estalló un día, llevándose la vida de nuestra predilecta con él.

La joven tigre no comía sino carne cocida. Jamás había probado otra cosa. Aún más; desdeñaba la carne cruda, según lo verificamos una y otra vez. Nunca le notamos interés alguno por las ratas del campo que de noche cruzaban el patio y, menos aún, por las gallinas, rodeadas entonces de pollos.

Una gallina nuestra, gran preferida de la casa, criada al lado de las tazas de café con leche, sacó en esos días pollitos. Como madre, era aquella gallina única; no perdía jamás un pollo. La casa, pues, estaba de parabienes.

Un mediodía de ésos, oímos en el patio los estertores de agonía de nuestra gallina, exactamente como si la estrangularan. Salté afuera y vi a nuestra tigre, erizada y espumando sangre por la boca, prendida con garras y dientes del cuello de la gallina.

Más nervioso de lo que yo hubiera querido estar, cogí a la fierecilla por el cuello y la arrojé rodando por el piso de arena del patio y sin intención de hacerle daño.

Pero no tuve suerte. En un costado del mismo patio, entre dos palmeras, había ese día una piedra. Jamás había estado allí. Era en casa un rígido dogma el que no hubiera nunca piedras en el patio. Girando sobre sí misma, nuestra tigre alcanzó hasta la piedra y golpeó contra ella la cabeza. La fatalidad procede a veces así.

Dos horas después nuestra pupila moría. No fue esa tarde un día feliz para nosotros.

Cuatro años más tarde, hallé entre los bambúes de casa, pero no en el suelo, sino a varios metros de altura, mi cuchillo de monte con que mis chicos habían cavado la fosa para la tigresita y que ellos habían olvidado de recoger después del entierro.

Había quedado, sin duda, sujeto entre los gajos nacientes de algún pequeño bambú. Y, con su crecimiento de cuatro años, la caña había arrastrado mi cuchillo hasta allá.



LA OLLITA MÁGICA

Había una vez, una niñita que vivía con su mamá y su abuelita en una casita muy humilde, esta niñita soñaba con tener juguetes ya que eran muy pobres.

Un día la mamá estaba cocinando muy poquita comida, ya que no tenían dinero cuando la niñita se acerca a la cocina donde estaba su mamá, y la niñita toca la ollita y la mamá le dice: "¡No lo hagas que te vas a quemar!", Entonces la ollita comenzó a dar mucha comida deliciosa y la mamá y la niñita no podían creer lo que veían, gritaron las dos: "¡Abuelita, abuelita!" "¡¡¡Algo le pasa a esta olla!!!"

La abuelita llega corriendo, "es increíble, es increíble!" -grita- entonces se dieron cuenta que la ollita era mágica, y cuando la tocaba la niñita empezaba a dar muchas cosas. Después volvió a tocarla, cuando dio un montón de juguetes, los cuales la niñita siempre soñó.

Y así termina este cuento.



EL SOL

Un nuevo día, había llegado, y nuestro amigo el Sol ya estaba listo para salir.

Desde bien temprano, ya estaba preparándose para que el día fuera " Un Gran Día ".

Sin darse cuenta llegó su hora y el cielo se vistió de luz y color.

Nuestro amigo el sol estaba muy contento, pues ninguna de esas nubes traviesas habían venido a tapar su resplandor hoy.

Desde el cielo, veía a los niños jugar y reír en el parque, la playa... y se sentía feliz porque sabía que en parte era gracias a él.

Observando a un grupo de niños, escuchó como contaban lo que iban a hacer cuando se hiciera de noche, el Sol escuchó muy atento como uno de esos niños decía: " Que ganas tengo de que se haga hoy de noche, porque son las fiestas de mi pueblo y esta noche van a celebrarlo, llenando el cielo de brillante cohetes, cohetes que son como estrellas..."

El Sol se puso muy triste y no quiso seguir escuchando. El también tenía ganas de ver esos cohetes, pero sabia que no podía ser.

Llegó la noche y el Sol se escondió. Esa noche estuvo muy triste pensando en lo bien que se lo estaría pasando todos viendo esos bonitos cohetes.

Tan triste estaba que estuvo varios días sin salir, se pasaba todo el día escondido.

Un día cansado de esa soledad decidió salir y se dio cuenta de que todos al verle estaban muy contentos y se notaba que le habían echado mucho de menos.

Entonces se sintió muy feliz y se dio cuenta de que, aunque no siempre podemos hacer lo que nos gusta debemos sentirnos felices de lo que somos e intentar que todos los demás también lo sean.

Fin


El Patito Feo

En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían empollado la mamá Pata, empezaban a romperse, uno a uno. Los patitos fueron saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a los papás y a sus amigos. Estaban tan contentos que casi no se dieron cuenta de que un huevo, el mas grande de todos, aún permanecía intacto. Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver cuando se rompería. Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse, y luego se pudo ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato. Era el mas grande, y para sorpresa de todos, muy distinto de los demás.. Y cómo era diferente, todos empezaron a llamarle de Patito Feo.
La mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo, le apartó con el ala mientras daba atención a los otros patitos. El patito feo empezó a darse cuenta de que allí no le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún mas feo, y tenía que soportar las burlas de todos. Entonces, en la mañana siguiente, muy temprano, el patito decidió irse de la granja. Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de comer y beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Pero, al cabo de algunos días, él se dio cuenta de que la vieja era mala y sólo quería engordarle para transformarlo en un segundo plato. El patito salió corriendo como pudo de allí.
El invierno había llegado. Y con el, el frío, el hambre, y la persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy mal. Pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días pasaron a ser mas calurosos y llenos de colores. Y el patito empezó a animarse otra vez. Un día, al pasar por un estanque, vio las aves más hermosas que jamás había visto. Eran elegantes, delicadas, y se movían como verdaderas bailarinas, por el agua. El patito, aún acomplejado por la figura y la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le preguntó si podía bañarse también en el estanque.
Y uno de los cisnes le contestó:
- Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.
Y le dijo el patito:
- ¿Cómo que soy uno de los vuestros? Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros.
Y ellos le dijeron:
- Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.
El patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido y se transformado en un precioso cisne! Y en este momento, él supo que jamás había sido feo. Él no era un pato sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió feliz para siempre.

FIN



El niño perdido

Hubo hace muchísimos años un gran señor que poseía incalculables riquezas, pero no era feliz por carecer de heredero a quien legárselas a su fallecimiento.

Así llegó a la madurez, sintiéndose cada día más viejo y en este estado de ánimo acudía semanalmente a misa, acompañado de su esposa, para pedir a Dios que le concediera un hijo.

En esta triste situación permanecieron muchos años. Finalmente les nació un robusto niño, pero la noche anterior tuvo el padre un sueño extraño.

Parecióle ver un anciano que le predijo el nacimiento de un varón, anunciándole que debía procurar que no tocara el suelo con los pies antes de cumplir los doce años, si no quería que le sucedieran irreparables desgracias.

Innumerables nodrizas a quienes se le confió el cuidado del tierno infante, recibieron oportunas instrucciones para que no le permitieran tocar el suelo hasta llegar a la edad fijada.

Ya habían transcurrido once años y once meses desde el día de su nacimiento; aproximábase la fecha en que el maleficio fatal dejaría de existir.

Los padres, contentos, se proponían dar una fiesta para conmemorar el fausto suceso.

De repente, una mañana antes del cumpleaños, hubo un temblor de tierra y la nodriza que tenía en sus brazos al niño, asustada, lo dejó caer.

Cuando quiso recogerlo no lo encontró. Había desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra.

Atraídos por sus gritos y lamentaciones, acudieron los demás criados del castillo y poco después se presentó también el señor.

Muy alarmado, al observar la inquietud de los domésticos, preguntó dónde estaba su hijo, y la nodriza, temblando como las hojas del álamo y los ojos arrasados en lágrimas, le refirió lo sucedido.

Fácil es imaginarse la angustia del padre al ver desvanecerse en un instante sus más caras esperanzas. Inmediatamente despachó varios criados en todas direcciones, encargándoles que no volvieran sin su desaparecido hijo, rogó, suplicó, vertió el oro a manos llenas, prometió crecidas recompensas.

Pero todo fue inútil. La tierna criatura no pudo ser hallada. Había desaparecido, tal vez para siempre.

Pasó el tiempo. Un día el afligido padre se enteró de que en una de las más amplias salas del castillo percibíase al llegar la medianoche un rumor de pasos y el sonido inconfundible de quejas amargas exhaladas por una garganta humana.

Deseoso de averiguar la causa de aquella anomalía, con la intuición de que aquel descubrimiento podía llevarle tal vez al conocimiento de lo que tan ardientemente deseaba, hizo pregonar en todas las aldeas de sus dominios que entregaría trescientas coronas de oro a quien se atreviera a pasar una noche en el interior de la estancia de referencia.

No faltaron personas que se prestaron a hacer la prueba, pero ninguna llegó al fin. Cuando, a la medianoche, empezaban a percibirse los gemidos, todos salían disparados, prefiriendo conservar la vida pobres a arriesgarla por trescientas coronas.

De ese modo el noble castellano permanecía todavía en la duda de que el autor de aquellos gemidos fuese su hijo o alguna ánima en pena.

Sucedió, empero, que en las inmediaciones del castillo habitaba una pobre viuda, molinera de profesión y madre de tres hijas de notable hermosura.

Cuando a la humilde cabaña llegó la noticia de que el señor del castillo ofrecía trescientas monedas de oro a quien osara dormir una noche en la cámara donde se percibían los extraños ruidos, la hija mayor dijo a su madre:

- Creo, madre mía, que no tenemos nada que perder. Esas trescientas coronas aliviarían bastante nuestra miseria. ¿Por qué no me permites que pruebe?

La pobre madre vaciló, pero ante la insistencia de la hija, y sobre todo, atemorizada por los días de hambre que se le avecinaban, consintió al fin.

Al día siguiente, la mayor de las hijas de la molinera se encaminó resueltamente al castillo.

- Vengo a dormir esta noche en la cámara de los duendes - dijo al criado que salió a abrirle la puerta.

El mismo señor salió entonces a recibirla y le preguntó:

- ¿No te dará miedo, muchacha?

- ¡Bah! Más miedo me da el hambre. Lo único que os ruego es que me proporcionéis provisiones suficientes para hacerme una buena cena, pues tengo un apetito de avestruz.

El castellano ordenó que se le facilitara todo cuanto pidiera y la muchacha no se quedó corta, pues con los víveres que exigió se habrían podido confeccionar más de doce platos distintos.

Tan pronto como los tuvo en su poder, la garrida moza se encerró en la habitación, encendió una bueno hoguera, puso en ella agua a calentar y luego puso la mesa y se preparó la cama.

Lentamente fueron pasando las primeras horas de la velada. Finalmente dieron las doce, y, apenas hubo el reloj desgranado la última campanada de la medianoche, cuando la molinera percibió los pasos de alguien que se aproximaba.

Llena de temor, levantó la cabeza y se encontró con un adolescente que la miraba con fijeza y que le preguntó:

- ¿Para quién es esa ceno!

Ella repuso secamente:

- Para mí sola.

Nublóse de tristeza el pálido semblante del desconocido. Dirigió una nueva mirada pesarosa a la muchacha y, tras algunos instantes de mutismo, tornó a preguntar:

- ¿Para quién has servido la mesa?

- Para mí sola - contestó ella con la misma acritud que antes.

La frente del mancebo sé arrugó. Sus hermosos ojos azules se humedecieron. Con voz trémula, dijo interrogativamente:

- ¿Para quién has mullido esa cama?

A lo que ella respondió con la misma indiferencia egoísta:

- Para mí sola.

El desconocido se echó a llorar como una Magdalena, se retorció desesperadamente las manos y desapareció.

A la siguiente mañana, la mayor de las hijas de la molinera relató al noble castellano todo cuanto había sucedido durante la noche, sin hacer referencia a la penosa impresión que la sequedad de sus respuestas había producido al fantasma.

El desdichado padre pagó religiosamente las trescientas coronas y se regocijó en medio de su pesar por haber logrado descorrer un tanto el velo del impenetrable misterio.

Presentóse aquel atardecer la segunda de las hijas de la molinera que había recibido instrucciones de su hermana sobre lo ocurrido y conocía las preguntas que el aparecido había de hacerle.

El señor del castillo la acogió con grandes muestras de alegría y ordenó a sus criados que le facilitasen todo cuanto apeteciera. Inmediatamente se trasladó ella a la sala, encendió una buena fogata, puso a hervir sus pucheros, cubrió la mesa con albo mantel y, mientras se hacía la cena, mullió cuidadosamente el colchón de la cama.

Al dar la medianoche notó los pasos del desconocido, que se aproximó a ella, sin que la hija de la molinera experimentara el menor temor, y le preguntó:

- ¿Para quién has hecho esa cena?

- Para mí sola - respondió ella con la misma sequedad que su hermana.

Con profunda tristeza retratada en su hermoso semblante continuó preguntando el doncel:

- ¿Para quién has servido era mesa?

- Para mí sola - contestó la muchacha sin volver la cabeza.

El mancebo lanzó un suspiro melancólico.

- ¿Para quién has mullido esa cama?

- Para mí sola.

Retorcióse desesperado las manos el desconocido y desapareció.

Cuando la segunda de las hijas de la molinera refirió al noble castellano cuanto había visto y oído, éste le entregó las trescientas coronas estipuladas y quedó ensimismado en profundos reflexiones.

Pero aquella misma tarde se presentó en el castillo la tercera y más joven de las hijas de la molinera, que se ofreció a pasar la noche en la cámara de los misterios, después de haber obtenido la aprobación de su madre, no sin gran trabajo, pues aquélla amaba a su hija menor mucho más que a sus hermanas.

El señor del castillo la recibió con tanta deferencia como a las mayores y dispuso que se le diese lo suficiente para dar de comer a seis personas, eligiendo él mismo los manjares, y entregándole un servicio completo de platos y cubiertos para dos personas.

La muchacha penetró en la estancia encendió el fuego y puso las vituallas a calentar, haciendo entretanto la cama.

Mientras terminaba de hacerse la cena, la muchacha puso sobre la mesa un rico mantel, y encima de éste los platos, los cubiertos y las servilletas, así como los vasos.

Lenta, muy lentamente, sonaron las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente se percibió un ruido extraño, rumores de pasos, suspiros entrecortados, quejas, llantos...

Asustada, la molinerita miró en torno suyo, pero no vio a nadie. Ya iba a lanzar un grito de espanto, por miedo a lo sobrenatural, cuando distinguió de repente a un pálido mancebo que la miraba con tristes ojos.

Ella le sonrió entonces y lo invitó a sentarse un gesto, pero él, antes de aceptar, le preguntó:

- ¿Para quién es esa cena que preparas?

- Para nosotros dos - respondió la muchacha sin vacilar.

- ¿Para quién has puesto esa mesa?

- Para nosotros dos. ¿No ves acaso los dos cubiertos?

El mancebo, con los ojos brillantes de alegría continuó preguntando:

- ¿Para quién es esa cama?

- Para ti solo. Yo dormiré en una silla.

Trémulo de júbilo, el joven se arrodilló a los pies de la molinerita y cubrió de besos sus manos.

- ¡Gracias, muchas gracias! - exclamó.

Luego se levantó y añadió:

- Pero antes de cenar tengo que transmitir mi reconocimiento a mis bienhechores.

Un soplo de aire fresco inundó de repente la habitación. En el centro de ésta se había abierto una trampilla por la cual se apresuró a descender el desconocido, pero la joven molinera, que se sentía invadida por la curiosidad, se agarró al extremo de su capa y bajó detrás de él.

Llegaron al fondo y allí se desplegó ante los ojos de la muchacha un mundo extraño.

Corría a su diestra un río de oro líquido, mientras que a su siniestra se alzaban colinas del mismo resplandeciente metal. Frente a ella se extendía una pradera vastísima, esmaltada con césped de un verdor deslumbrante y flores policromas.

A medida que avanzaba el desconocido seguíalo la joven a muy poca distancia, procurando que él no la descubriese.

Vióle ella saludar a las flores del prado, con tanta deferencia y cariño como si fuesen antiguas conocidas, besando a algunas, acariciando a otras, despidiéndose de ellas con frases amorosas y lisonjeras.

Finalmente penetraron en una selva cuyos árboles eran de oro macizo. Multitud de pájaros de todas clases y colores empezaron a lanzar armoniosos trinos cuando distinguieron al pálido mancebo, revoloteando alrededor de él y posándose familiarmente en su cabeza y hombros, mientras él acariciaba a las lindas avecinas.

La molinerita quebró una de las ramas de un árbol y se la guardó en el pecho para tener un recuerdo de aquel reino de maravilla.

Pasaron de la selva de oro a otra cuyos árboles eran todos de plata. Infinidad de animales de todas especies saludaron con grandes muestras de alegría la llegada del mancebo, acercándose a recibir sus caricias.

Él les dirigió la palabra a cada uno de ellos, pasándoles las manos por sus lustrosos lomos, mientras que la molinera, aprovechando el ruido que formaban con sus voces, quebró una de las argentados ramas y se la guardó junto con la otra.

- Así me creerán mis hermanas cuando les cuente todas las preciosidades que he visto esta noche - se dijo.

Cuando el doncel se hubo despedido de todos sus amigos, volvió sobre sus pasos por el mismo sendero que tomara a la ida.

La doncella regresó detrás de él, sin que el muchacho se diese cuenta de su presencia.

Cuando el joven se volvió hacia la chimenea, la doncella estaba sentada ya a la mesa y le hacía señas de que se acercara.

- Ya me he despedido de todos mis amigos - dijo él con voz alegre.- Ahora vamos a cenar.

Cuando hubieron aplacado su apetito, propuso el muchacho:

- ¿No crees que es hora de descansará?

Ella sonrió y repuso:

- Descansa tú. Yo me acomodaré en una silla junto a la chimenea y dormitaré un poco. Ya no tardará mucho en amanecer.

- Nada de eso - contestó él, alegremente. - Seré yo quien se coloque junto al fuego. Tú dormirás en la cama. Si te hice la pregunta fue para probar tus sentimientos.

La molinerita se dejó caer, vestida, en el blando lecho, mientras que el desconocido, tomando una silla, se sentó junto a la chimenea, lanzando de vez en cuando miradas amorosas a la muchacha, que no tardó en dormirse apaciblemente.

Ya había avanzado mucho la mañana y el noble castellano no podía contener su impaciencia, pues la hija de la molinera no se había presentado todavía a cobrar su pago.

Inquieto, se dirigió a la sala y abrió la puerta.

Dos exclamaciones de alegría sonaron al unísono.

- ¡Hijo mío!

- ¡Padre!

Emocionados, se abrazaron llorando.

La molinera se despertó, levantóse apresuradamente y las dos ramas que cortara durante su visita al país maravilloso cayeron al suelo con metálico ruido,

El joven se volvió hacia ella, y, al ver las dos ramas, le dijo asombrado:

- ¿Me seguiste hasta allá, pícara?

Ruborizada, ella no respondió.

- Pues bien - añadió él, - esas dos ramas se convertirán en dos palacios, uno de los cuales habitaremos nosotros cuando nos casemos y en el otro vivirá tu familia.

Y así sucedió.

Los dos jóvenes contrajeron matrimonio dos días después, siendo invitados a la boda todos los habitantes del lugar, que todavía recuerdan alborozados el pantagruélico banquete que se sirvió.

Yo, como era pequeñito, me quedé aquella noche solo en la cama, por lo que pasé un miedo terrible.



EL MAGO MERLÍN

Hace muchos años, cuando Inglaterra no era más que un puñado de reinos que batallaban entre sí, vino al mundo Arturo, hijo del rey Uther.

La madre del niño murió al poco de nacer éste, y el padre se lo entregó al mago Merlín con el fin de que lo educara. El mago Merlín decidió llevar al pequeño al castillo de un noble, quien, además, tenía un hijo de corta edad llamado Kay. Para garantizar la seguridad del príncipe Arturo, Merlín no descubrió sus orígenes.

Cada día Merlín explicaba al pequeño Arturo todas las ciencias conocidas y, como era mago, incluso le enseñaba algunas cosas de las ciencias del futuro y ciertas fórmulas mágicas.

Los años fueron pasando y el rey Uther murió sin que nadie le conociera descendencia. Los nobles acudieron a Merlín para encontrar al monarca sucesor. Merlín hizo aparecer sobre una roca una espada firmemente clavada a un yunque de hierro, con una leyenda que decía:

"Esta es la espada Excalibur. Quien consiga sacarla de este yunque, será rey de Inglaterra"

Los nobles probaron fortuna pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguieron mover la espada ni un milímetro. Arturo y Kay, que eran ya dos apuestos muchachos, habían ido a la ciudad para asistir a un torneo en el que Kay pensaba participar.

Cuando ya se aproximaba la hora, Arturo se dio cuenta que había olvidado la espada de Kay en la posada. Salió corriendo a toda velocidad, pero cuando llegó allí, la puerta estaba cerrada.

Arturo no sabía qué hacer. Sin espada, Kay no podría participar en el torneo. En su desesperación, miró alrededor y descubrió la espada Excalibur. Acercándose a la roca, tiró del arma. En ese momento un rayo de luz blanca descendió sobre él y Arturo extrajo la espada sin encontrar la menor resistencia. Corrió hasta Kay y se la ofreció. Kay se extrañó al ver que no era su espada.

Arturo le explicó lo ocurrido. Kay vio la inscripción de "Excalibur" en la espada y se lo hizo saber a su padre. Éste ordenó a Arturo que la volviera a colocar en su lugar. Todos los nobles intentaron sacarla de nuevo, pero ninguno lo consiguió. Entonces Arturo tomó la empuñadura entre sus manos. Sobre su cabeza volvió a descender un rayo de luz blanca y Arturo extrajo la espada sin el menor esfuerzo.

Todos admitieron que aquel muchachito sin ningún título conocido debía llevar la corona de Inglaterra, y desfilaron ante su trono, jurándole fidelidad. Merlín, pensando que Arturo ya no le necesitaba, se retiró a su morada.

Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando algunos nobles se alzaron en armas contra el rey Arturo. Merlín proclamó que Arturo era hijo del rey Uther, por lo que era rey legítimo. Pero los nobles siguieron en guerra hasta que, al fin, fueron derrotados gracias al valor de Arturo, ayudado por la magia de Merlín.

Para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse, Arturo creó la Tabla Redonda, que estaba formada por todos los nobles leales al reino. Luego se casó con la princesa Ginebra, a lo que siguieron años de prosperidad y felicidad tanto para Inglaterra como para Arturo.

"Ya puedes seguir reinando sin necesidad de mis consejos -le dijo Merlín a Arturo-. Continúa siendo un rey justo y el futuro hablará de ti"



Bambi y los amigos del bosque

Había llegado la primavera. El bosque estaba muy lindo. Los animalitos despertaban del largo invierno y esperaban todos un feliz acontecimiento.

- ¡Ha nacido el cervatillo! ¡El príncipe del bosque ha nacido! -anunciaba Tambor el conejito, mientras corría de un lado a otro.

Todos los animalitos fueron a visitar al pequeño ciervo, a quien su mamá puso el nombre de Bambi. El cervatillo se estiró e intentó levantarse. Sus patas largas y delgadas le hicieron caer una y otra vez. Finalmente, consiguió mantenerse en pie.

Tambor se convirtió en un maestro para el pequeño. Con él aprendió muchas cosas mientras jugaban en el bosque.

Pasó el verano y llegó el tan temido invierto. Al despertar una mañana, Bambi descubrió que todo el bosque estaba cubierto de nieve. Era muy divertido tratar de andar sobre ella. Pero también descubrió que el invierno era muy triste, pues apenas había comida.

Cierto día vio cómo corría un grupo de ciervos mayores. Se quedó admirado al ver al que iba delante de todos. Era más grande y fuerte que los demás. Era el Gran Príncipe del Bosque.

Aquel día la mamá de Bambi se mostraba inquieta. Olfateaba el ambiente tratando de descubrir qué ocurría. De pronto, oyó un disparo y dijo a Bambi que corriera sin parar. Bambi corrió y corrió hasta lo más espeso del bosque. Cuando se volvió para buscar a su mamá vio que ya no venía. El pobre Bambi lloró mucho.

- Debes ser valiente porque tu mamá no volverá. Vamos, sígueme -le dijo el Gran Príncipe del Bosque.

Bambi había crecido mucho cuando llegó la primavera. Cierto día, mientras bebía agua en el estanque, vio reflejada en el agua una cierva detrás de él. Era bella y ágil y pronto se hicieron amigos.

Una mañana, Bambi se despertó asustado. Desde lo alto de la montaña vio un campamento de cazadores. Corrió haciá allá y encontró a su amiga rodeada de perros. Bambi le ayudó a escapar y ya no se separaron más. Cuando llegó la primavera, Falina, que así se llamaba la cierva, tuvo dos crías. Eran los hijos de Bambi que, con el tiempo, llegó a ser el Gran Príncipe del Bosque.

Si por el bosque has de pasear, no hagas a los animales ninguna maldad.



La bella durmiente

Èrase una vez... una reina que dio a luz una niña muy hermosa. Al bautismo invitó a todas las hadas de su reino, pero se olvidó, desgraciadamente, de invitar a la más malvada. A pesar de ello, esta hada maligna se presentó igualmente al castillo y, al pasar por delante de la cuna de la pequeña, dijo despechada: "¡A los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás!" Un hada buena que había cerca, al oír el maleficio, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecería dormida durante cien años y solo el beso de un joven príncipe la despertaría de su profundo sueño. Pasaron los años y la princesita se convirtió en la muchacha más hermosa del reino. El rey había ordenado quemar todos los husos del castillo para que la princesa no pudiera pincharse con ninguno. No obstante, el día que cumplía los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar del castillo que todos creían deshabitado, y donde una vieja sirvienta, desconocedora de la prohibición del rey, estaba hilando. Por curiosidad, la muchacha le pidió a la mujer que le dejara probar. "No es fácil hilar la lana", le dijo la sirvienta. "Mas si tienes paciencia te enseñaré." La maldición del hada malvada estaba a punto de concretarse. La princesa se pinchó con un huso y cayó fulminada al suelo como muerta. Médicos y magos fueron llamados a consulta. Sin embargo, ninguno logró vencer el maleficio. El hada buena sabedora de lo ocurrido, corrió a palacio para consolar a su amiga la reina. La encontró llorando junto a la cama llena de flores donde estaba tendida la princesa. "¡No morirá! ¡Puedes estar segura!" la consoló, "Solo que por cien años ella dormirá" La reina, hecha un mar de lágrimas, exclamó: "¡Oh, si yo pudiera dormir!" Entonces, el hada buena pensó: 'Si con un encantamiento se durmieran todos, la princesa, al despertar encontraría a todos sus seres queridos a su entorno.' La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron. " ¡Dormid tranquilos! Volveré dentro de cien años para vuestro despertar." dijo el hada echando un último vistazo al castillo, ahora inmerso en un profundo sueño.En el castillo todo había enmudecido, nada se movía con vida. Péndulos y relojes repiquetearon hasta que su cuerda se acabó. El tiempo parecía haberse detenido realmente. Alrededor del castillo, sumergido en el sueño, empezó a crecer como por encanto, un extraño y frondoso bosque con plantas trepadoras que lo rodeaban como una barrera impenetrable. En el transcurso del tiempo, el castillo quedó oculto con la maleza y fue olvidado de todo el mundo. Pero al término del siglo, un príncipe, que perseguía a un jabalí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de los zarzales que rodeaban el castillo. El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa. Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio... Siguió avanzando hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo sujeto por las riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban muertos, Luego se tranquilizó al comprobar que solo estaban dormidos. "¡Despertad! ¡Despertad!", chilló una y otra vez, pero en vano. Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde dormía la princesa. Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha se desesperezó y abrió los ojos, despertando del larguísimo sueño. Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado." El encantamiento se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había sucedido. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca. Al cabo de unos días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas con motivo de la boda.



LA BELLA Y LA BESTIA

Èrase una vez... un mercader que, antes de partir para un largo viaje de negocios, llamó a sus tres hijas para preguntarles qué querían que les trajera a cada una como regalo. La primera pidió un vestido de brocado, la segunda un collar de perlas y la tercera, que se llamaba Bella y era la más gentil, le dijo a su padre: "Me bastará una rosa cortada con tus manos." El mercader partió y, una vez ultimados sus asuntos, se dispuso a volver cuando una tormenta le pilló desprevenido. El viento soplaba gélido y su caballo avanzaba fatigosamente. Muerto de cansancio y de frío, el mercader de improviso vió brillar una luz en medio del bosque. Amedida que se acercaba a ella, se dio cuenta que estaba llegando a un castillo iluminado. "Confío en que puedan ofrecerme hospitalidad", dijo para sí esperanzado. Pero al llegar junto a la entrada, se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta y, por más que llamó, nadie acudió a recibirlo. Entró decidido y siguió llamando. En el salón principal había una mesa iluminada con dos candelabros y llena de ricos manjares dispuestos para la cena. El mercader, tras meditarlo durante un rato, decidió sentarse a la mesa; con el hambre que tenía consumió en breve tiempo una suculenta cena. Después, todavía intrigado, subió al piso superior. A uno y otro lado de un pasillo larguísimo, asomaban salones y habitaciones maravillosos. En la primera de estas habitaciones chisporroteaba alegremente una lumbre y había una cama mullida que invitaba al descanso. Era tarde y el mercader se dejó tentar; se echó sobre la cama y quedó dormido profundamente. Al despertar por la mañana, una mano desconocida había depositado a su lado una bandeja de plata con una cafetera humeante y fruta. El mercader desayunó y, despues de asearse un poco, bajó para darle las gracias a quien generosamente lo había hospedado. Pero al igual que la noche anterior, no encontró a nadie y, agitando la cabeza ante tan extraña situación, se dirigió al jardín en busca de su caballo que había dejado atado a un árbol, cuando un hermoso rosal atrajo su atención. Se acordó entonces de la promesa hecha a Bella, e inclinándose cortó una rosa. Inesperadamente, de entre la espesura del rosal, apareció una bestia horrenda que iba vestida con un bellísimo atuendo; con voz profunda y terrible le amenazó: " ¡Desagradecido! Te he dado hospitalidad, has comido en mi mesa y dormido en mi cama y, en señal de agradecimiento, ¿vas y robas mis rosas preferidas? ¡Te mataré por tu falta de consideración!" El mercader, aterrorizado, se arrodilló temblando ante la fiera: ¡Perdóname!¡Perdóname la vida! Haré lo que me pidas! ¡La rosa era para mi hija Bella, a la que prometí llevarsela de mi viaje!" La bestia retiró su garra del desventurado. " Te dejaré marchar con la condición de que me traigas a tu hija." El mercader, asustado, prometió obedecerle y cumplir su orden. Cuando el mercader llegó a casa llorando, fue recibido por sus tres hijas, pero despues de haberles contado su terrorífica aventura, Bella lo tranquilizó diciendo: " Padre mio, haré cualquier cosa por tí. No debes preocuparte, podrás mantener tu promesa y salvar así la vida! ¡Acompáñame hasta el castillo y me quedaré en tu lugar!" El padre abrazó a su hija: "Nunca he dudado de tu amor por mí. De momento te doy las gracias por haberme salvado la vida. Esperemos que despues..." De esta manera, Bella llegóal castillo y la Bestia la acogió de forma inesperada: fue extrañamente gentil con ella. Bella, que al principio había sentido miedo y horror al ver a la Bestia, poco a poco se dio cuenta de que, a medida que el tiempo transcurría, sentía menos repulsión. Le fue asignada la habitación más bonita del castillo y la muchacha pasaba horas y horas bordando cerca del fuego. La Bestia, sentada cerca de ella, la miraba en silencio durante largas veladas y, al cabo de cierto tiempo empezó a decirles palabras amables, hasta que Bella se apercibió sorprendida de que cada vez le gustaba más su conversación. Los días pasaban y sus confidencias iban en aumento, hasta que un día la Bestia osó pedirle a Bella que fuera su esposa. Bella, de momento sorprendida, no supo qué responder. Pero no deseó ofender a quien había sido tan gentil y, sobre todo, no podía olvidar que fue ella precisamente quien salvó con su sacrificio la vida de su padre. "¡No puedo aceptar!" empezó a decirle la muchacha con voz temblorosa,"Si tanto lo deseas..." "Entiendo, entiendo. No te guardaré rencor por tu negativa." La vida siguió como de costumbre y este incidente no tuvo mayores consecuencias. Hasta que un día la Bestia le regaló a Bella un bonito espejo de mágico poder. Mirándolo, Bella podía ver a lo lejos a sus seres más queridos. Al regalárselo, el monstruo le dijo: "De esta manera tu soledad no será tan penosa". Bella se pasaba horas mirando a sus familiares. Al cabo de un tiempo se sintió inquieta, y un día la Bestia la encontró derramando lágrimas cerca de su espejo mágico. "¿Qué sucede?" quiso saber el monstruo. "¡ Mi padre está muy enfermo, quizá muriendose! ¡Oh! Desearía tanto podderlo ver por última vez!" "¡Imposible! ¡Nunca dejarás este castillo!" gritó fuera de sí la Bestia, y se fue. Al poco rato volvió y con voz grave le dijo a Bella: "Si me prometes que a los siete días estarás de vuelta, te dejaré marchar para que puedas ver a tu padre." ¡Qué bueno eres conmigo! Has devuelto la felicidad a una hija devota." le agraceció Bella feliz. El padre, que estaba enfermo más que nada por el desasosiego de tener a su hija prisionera de la Bestia en su lugar, cuando la pudo abrazar, de golpe se sintió mejor, y poco a poco se fue recuperando. Los días transcurrían deprisa y el padre finalmente se levantó de la cama curado. Bella era feliz y se olvidó por completo de que los siete días habían pasado desde su promesa. Una noche se despertó sobresaltada por un sueño terrible. Había visto a la Bestia muriéndose, respirando con estertores en su agonía, y llamándola: "¡Vuelve! ¡Vuelve conmigo!" Fuese por mantener la promesa que había hecho, fuese por un extraño e inexplicable afecto que sentía por el monstruo, el caso es que decidió marchar inmediatamente. "¡Corre, corre caballito!" decía mientras fustigaba al corcel por miedo de no llegar a tiempo..Al llegar al castillo subió la escalera y llamó. Nadie respondió; todas las habitaciones estaban vacías. Bajó al jardín con el corazón encogido por un extraño presentimiento. La Bestia estaba allí, reclinada en un árbol, con los ojos cerrados, como muerta. Bella se abalanzó sobre el monstruo abrazandolo: "No te mueras! No te mueras! Me casaré contigo!" Tras esas palabras, aconteció un prodigio: el horrible hocico de la Bestia se convirtió en la figura de un hermoso joven. "¡Cuánto he esperado este momento! Una bruja maléfica me transformó en un monstruo y sólo el amor de una joven que aceptara casarse conmigo, tal cual era, podía devolverme mi apariencia normal. Se celebró la boda, y el joven príncipe quiso que, para conmemorar aquel día, se cultivasen en su honor sólo rosas en el jardín. He aquí porqué todavía hoy aquel castillo se llama "El Castillo de la Rosa".



La bruja piruja.

Un buen día, hace ahora ya muchos y muchos años, los habitantes de la ciudad de Rosa se despertaron desconcertados por el ruido de las trompas del Rey, que abrían paso a los mensajeros, los cuales proclamaban:

- Por orden de su majestad, se hace saber la llegada a nuestra ciudad de la terrible bruja piruja. Con los adultos es inofensiva, pero dicen que tiene poder para eliminar a todos los niños que se le pongan por delante. Por tanto, por esta real orden, todos los niños se quedarán encerrados en su casa hasta que la bruja piruja haya desaparecido y, con ella, el peligro para nuestros pequeños.

Había en la ciudad dos hermanos, Dolors y Bernardo, que se sintieron muy contrariados al sentir el bando, porque tenían pensado ir al bosque a buscar fresas, que por esa época estaba lleno.

Como Dolors, además de valiente, que era muy lista, propuso a su hermano:

- Podríamos ir al bosque disfrazados de matorrales. La bruja no nos vería y podríamos coger las fresas que quisiéramos.

Parecían totalmente dos espanta pájaros, cubiertos de ramas y hojas. Nada más llegar al bosque, vieron a la bruja que bajaba desde su escoba. Lo peor de todo era que Edu, el hijo del leñador, iba a tonteando por allí persiguiendo mariposas.

Desde su escondite, los dos hermanos vieron que la bruja se mojaba un dedo con saliva y decía, tocando la cabeza del niño:

- En oruga te has de convertir...

Y Edu se convirtió en una oruga.

Bernardo y Dolors se quedaron tan sorprendidos y atemorizados que no se atrevían a moverse. Hacía mucho calor, vieron que la bruja se quitaba su gran sombrero acabado en punta y lo dejaba en un lado, para tumbarse encima de la hojarasca y hacer una siestecita.

- Si la bruja no tuviera saliva, no podría hacer desaparecer a ninguno otro niño- razonó Dolors con un hilo de voz.

¡Y cómo roncaba! Estaba feísima, con la boca abierta, aquella narizota tan fenomenal y las greñas enmarañadas y escampadas.

Dolors susurró al oído de su hermano, y mientras él vigilaba, muerto de miedo, la niña corrió hasta casa del albañil, cogió un saco de yeso y volvió al bosque. Por fortuna, la bruja todavía estaba con la boca abierta. Rápidamente, Dolors vació el paquete de yeso dentro de su boca.

La bruja se despertó y comenzó a gritar. Y resultó que, cuanto más gritaba, mejor se mezclaba el yeso que tenía en la garganta con su saliva, hasta que se formó un tapón que no dejó pasar ningún grito.

Dolors, plantada ante la bruja, dijo:

- Vieja piruja, cuando hayas devuelto a Edu y a todos los demás niños a su forma primitiva, te sacaré el yeso de la boca.

La bruja dijo que si a todas las condiciones, pero Bernardo no se fiaba bastante y Dolors fue a buscar a los soldados del rey, los cuales se encargaron de que cumpliera su palabra. Después, lanzaron al fuego su escoba y a ella la echaron lejos de las fronteras del Reino, y nunca más pudo hacer mal a nadie, porque se quedó con la boca seca.

Y a la ciudad de Rosa se celebran brillantes fiestas en honor de los valientes hermanos Bernardo y Dolors.

Fin



EL BOSQUE ENCANTADO

Había una vez, un bosque bellísimo, con muchos árboles y flores de todos
colores que alegraban la vista a todos los chicos que pasaban por ahí.
Todas las tardes, los animalitos del bosque se reunían para jugar. Los conejos, hacían
una carrera entre ellos para ver quién llegaba a la meta. Las hormiguitas
hacían una enorme fila para ir a su hormiguero. Los coloridos pájaros y las
brillantes mariposas se posaban en los arbustos. Todo era paz y
tranquilidad.
Hasta que... Un día, los animalitos escucharon ruidos, pasos extraños y se
asustaron muchísimo, porque la tierra empezaba a temblar.
De pronto, en el bosque apareció un brujo muy feo y malo, encorvado y viejo,
que vivía en una casa abandonada, era muy solitario, por eso no tenía ni
familiares ni amigos, tenía la cara triste y angustiada, no quería que nadie
fuera felíz, por eso... Cuando escuchó la risa de los niños y el canto de
los pájaros, se enfureció de tal manera que grito muy fuerte y fue corriendo en
busca de ellos.
Rápidamente, tocó con su varita mágica al árbol, y este, después de varios
minutos, empezó a dejar caer sus hojas y luego a perder su color verde pino.
Lo mismo hizo con las flores, el césped, los animales y los niños. Después
de hacer su gran y terrible maldad, se fue riendo, y mientras lo hacía
repetía: - ¡Nadie tendrá vida mientras yo viva!
Pasaron varios años desde que nadie pisaba ese oscuro y espantoso lugar,
hasta que una paloma llegó volando y cantando alegremente, pero se asombró
muchísimo al ver ese bosque, que alguna vez había sido hermoso, lleno de
niños que iban y venían, convertido en un espeluznante bosque.
- ¿Qué pasó aqui?... Todos perdieron su color y movimiento... Está muy
tenebroso¡Cómo si fuera de noche!... Tengo que hacer algo para que éste
bosque vuelva a hacer el de antes, con su color, brillo y vida... A ver,
¿Qué puedo hacer?y despues de meditar un rato dijo: ¡Ya sé!
La paloma se posó en la rama seca de un árbol, que como por arte de magia,
empezó a recobrar su color natural y a moverse muy lentamente. Después se
apoyó en el lomo del conejo y empezaron a levantarse sus suaves orejas y,
poco a poco, pudo notarse su brillante color gris claro. Y así fue como
a todos los habitantes del bosque les fue devolviendo la vida.
Los chicos volvieron a jugar y a reir otra vez, ellos junto a los animalitos
les dieron las gracias a la paloma, pues, fue por ella que volvieron a la
vida. La palomita, estaba muy feliz y se fue cantando.
¡Y vino el viento y se llevó al brujo y al cuento!



CAPERUCITA ROJA

Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.

Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...

De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.

- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita.

- No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.

Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.

El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta.

La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

- Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

- Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.

Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.

FIN



El flautista de Hamelín

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.

Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquitante plaga.

Por más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se enseñoreaba de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían asustados.

Ante la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".

Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".

Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta.

Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad.

Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones perecieron ahogados.

Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.

A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?".

Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.

Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.

Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.

Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista.

Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que losratones, nunca jamás volvieron.

En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.

Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño.

FIN


EL GATO CON BOTAS
Autor: Perrault

Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

-Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

-Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

-Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

-Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

-Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.

-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.

El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

-Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

-Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

-Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

-Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.

-¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:

-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.

-¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.

El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

-Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.

El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.

MORALEJA

En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.

OTRA MORALEJA

Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.

Fin.



Hansel y Gretel

Allá a lo lejos, en una choza próxima al bosque vivía un leñador con su esposa y sus dos hijos: Hansel y Gretel. El hombre era muy pobre. Tanto, que aún en las épocas en que ganaba más dinero apenas si alcanzaba para comer. Pero un buen día no les quedó ni una moneda para comprar comida ni un poquito de harina para hacer pan. "Nuestros hijos morirán de hambre", se lamentó el pobre esa noche. "Solo hay un remedio -dijo la mamá llorando-. Tenemos que dejarlos en el bosque, cerca del palacio del rey. Alguna persona de la corte los recogerá y cuidará". Hansel y Gretel, que no se habían podido dormir de hambre, oyeron la conversación. Gretel se echó a llorar, pero Hansel la consoló así: "No temas. Tengo un plan para encontrar el camino de regreso. Prefiero pasar hambre aquí a vivir con lujos entre desconocidos".

Al día siguiente la mamá los despertó temprano. "Tenemos que ir al bosque a buscar frutas y huevos -les dijo-; de lo contrario, no tendremos que comer". Hansel, que había encontrado un trozo de pan duro en un rincón, se quedó un poco atrás para ir sembrando trocitos por el camino.

Cuando llegaron a un claro próximo al palacio, la mamá les pidió a los niños que descansaran mientras ella y su esposo buscaban algo para comer. Los muchachitos no tardaron en quedarse dormidos, pues habían madrugado y caminado mucho, y aprovechando eso, sus padres los dejaron.

Los pobres niños estaban tan cansados y débiles que durmieron sin parar hasta el día siguiente, mientras los ángeles de la guarda velaban su sueño. Al despertar, lo primero que hizo Hansel fue buscar los trozos de pan para recorrer el camino de regreso; pero no pudo encontrar ni uno: los pájaros se los habían comido. Tanto buscar y buscar se fueron alejando del claro, y por fin comprendieron que estaban perdidos del todo.

Anduvieron y anduvieron hasta que llegaron a otro claro. A que no saben que vieron allí? Pues una casita toda hecha de galletitas y caramelos. Los pobres chicos, que estaban muertos de hambre, corrieron a arrancar trozos de cerca y de persianas, pero en ese momento apareció una anciana. Con una sonrisa muy amable los invitó a pasar y les ofreció una espléndida comida. Hansel y Gretel comieron hasta hartarse. Luego la viejecita les preparó la cama y los arropó cariñosamente.

Pero esa anciana que parecía tan buena era una bruja que quería hacerlos trabajar. Gretel tenía que cocinar y hacer toda la limpieza. Para Hansel la bruja tenía otros planes: quería que tirara de su carro!. Pero el niño estaba demasiado flaco y debilucho para semejante tarea, así que decidió encerrarlo en una jaula hasta que engordara. Se imaginan que Gretel no podía escapar y dejar a su hermanito encerrado!. Entretanto, el niño recibía tanta comida que, aunque había pasado siempre mucha hambre, no podía terminar todo lo que le llevaba.

Como la bruja no veía más allá de su nariz, cuando se acercaba a la jaula de Hansel le pedía que sacara un dedo para saber si estaba engordando. Hansel ya se había dado cuenta de que la mujer estaba casi ciega, así que todos los días le extendía un huesito de pollo. "Todavía estás muy flaco -decía entonces la vieja-. Esperaré unos días más!".

Por fin, cansada de aguardar a que Hansel engordara, decidió atarlo al carro de cualquier manera. Los niños comprendieron que había llegado el momento de escapar.

Como era día de amasar pan, la bruja había ordenado a Gretel que calentara bien el horno. Pero la niña había oído en su casa que las brujas se convierten en polvo cuando aspiran humo de tilo, de modo que preparó un gran fuego con esa madera. "Yo nunca he calentado un horno -dijo entonces a la bruja-. Por que no mira el fuego y me dice si esta bien?". "Sal de ahí, pedazo de tonta! -chilló la mujer-. Yo misma lo vigilaré!". Y abrió la puerta de hierro para mirar. En ese instante salió una bocanada de humo y la bruja se deshizo. Solo quedaron un puñado de polvo y un manojo de llaves. Gretel recogió las llaves y corrió a liberar a su hermanito.

Antes de huir de la casa, los dos niños buscaron comida para el viaje. Pero, cual sería su sorpresa cuando encontraron montones de cofres con oro y piedras preciosas!. Recogieron todo lo que pudieron y huyeron rápidamente.

Tras mucho andar llegaron a un enorme lago y se sentaron tristes junto al agua, mirando la otra orilla. Estaba tan lejos!. “Quieren que los cruce?”, preguntó de pronto una voz entre los juncos. Era un enorme cisne blanco, que en un santiamén los dejó en la otra orilla. Y adivinen quien estaba cortando leña justamente en ese lugar?. El papá de los chicos!. Sí, el papá que lloró de alegría al verlos sanos y salvos. Después de los abrazos y los besos, Hansel y Gretel le mostraron las riquezas que traían, y tras agradecer al cisne su oportuna ayuda, corrieron todos a reunirse con la mamá.

FIN



LAS HABICHUELAS MAGICAS

Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas. -Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan,te las daré a cambio de la vaca. Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.

Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido. Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.

La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar como el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.

En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiéndo el talego de oro, echo a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío.

Se cogió Periquín por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vió al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro. Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vió Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sóla, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco

Apenas le vió asi Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar: -Eh, señor amo, despierte usted, que me roban! Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores: -Señor amo, que me roban! Viendo lo que ocurria, el gigante salió en persecusión de Periquín. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él.

No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa preparando la comida: -Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante! Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.

FIN



Historia de Luna

Cuando la luna quiso descansar un poco, fue un problema encontrar quien tome su lugar, sin ella las noches serian oscuras y tristes, pensó en pedirle al sol, le pidió que tome su turno una vez al mes y ella tomaría el suyo también, pero el sol le dijo que su luz era muy brillante para la noche y la de ella muy débil para el día. La luna le dio la razón y siguió buscando.

Pensó en pedírselo al halcón, pero le dijo que ella pasaba muy lento por el cielo y el no podía seguirle el paso, además que el no es blanco.

Se lo pidió entonces a la gaviota, ella parece flotar en la brisa marina y es blanca, pero la gaviota le dijo que no era un ave nocturna.

Le pregunto a las nubes, pero ellas le dijeron que en la noche no son blancas.

Siguió buscando por todos lados pero todos le ponían una excusa. Para no hacerlo

La luna estaba muy triste, ¡Ella quería un descanso!

Cuando la Luna se iba a pone a llorar, las estrellas se acercaron y hablaron con ella...

“Querida Luna, si pusieses atención y escucharas nuestro consejo, tu podrías descansar un día al mes como quieres, y es tan fácil que lo logres.

Cada noche desaparece un poquito, pero solo un poquito, hasta que una noche seas solo un rayo de pálida luz y desaparezcas la siguiente noche, así podrás descansar esa noche y nosotras brillaremos mas intensamente para que nadie te extrañe en la tierra. La luna se puso muy contenta y siguió en consejo de las estrellas.

Desde entonces, cada noche la luna desaparece un poco y cuando no la vemos las estrellas brillan mas intensamente y no la extrañamos por esa noche

FIN



EL JAZMIN DE LA PRINCESA.

La princesa tenía un jazmín que vivía con su mismo aliento. Se lo había regalado la luna.

La princesa tenía ocho o nueve años pero nunca la habían dejado salir sola de palacio. Y tampoco la llevaban donde ella quería.

Un día dijo a su flor:

– Jazmín, yo quiero ir a jugar con la hija del carbonero sin que lo sepa nadie.

– Ve, niña, si así lo quieres. Yo te guardaré la voz mientras vuelves.

La niña salió dando saltos. El carbonero vivía al principio del bosque.

Pronto la Reina echó de menos a su hija y la llamó:

– Margarita, ¿dónde estás?

– Aquí, mamá –dijo el Jazmín imitando la voz de la princesa.

Pasó un rato y la Reina volvió a llamar:

– Margarita, ¿dónde estás?

– Aquí, mamá –contestó el Jazmín.

El principito, hermano de Margarita, llegó del jardín. Era mayor que su hermana y ya cuidaba de ella.

– Mamá ¿no está Margarita?

– Sí, hijo.

– ¿Dónde?

La Reina llamó a su hija y el jazmín contestó como siempre.

El príncipe se dirigió al lugar de donde venía la voz pero no vio a nadie.

La Reina repitió la llamada y el jazmín contestó. Pero pudieron comprobar que la niña no estaba, ni allí ni en ninguna parte.

Avisaron al Rey. Vinieron los cortesanos. Llegaron los guardias y los criados. Todo el palacio se puso en movimiento. Había que encontrar a la niña. La gente corría de un lado para otro en medio de la mayor confusión. La Reina lloraba. El Rey se mesaba los cabellos.

La Reina volvió a llamar esperanzada.

– Margarita, ¿dónde estás, hija?

– Aquí, mamá.

Se dieron cuenta de que la voz salía de la flor.

El Rey dijo que echaran el jazmín al fuego porque debía estar embrujado; pero la princesa llegó a tiempo para recogerlo.

Su hermano le dijo autoritario:

– ¡Entrega esa flor!

– ¡No la doy! Es mi jazmincito. Me lo regaló la luna. –Y lo apretó contra el pecho.

– Una flor que habla tiene que estar hechizada –dijo un palaciego.

– No la doy.

El Rey ordenó:

– Quitadle la flor a viva fuerza.

Y la niña, rápidamente, se la tragó. El jazmín, no se sabe cómo, se le aposentó en el corazón. Allí lo sentía la niña.

Todos lloraban porque decían que la princesa se había tragado un misterio. Y que vendrían muchos males a ella y al Reino. Pero no. Sólo que, a la Princesa Margarita, se le quedó para toda la vida la voz perfumada.



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CANCIONES: educación infantil
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A pasar el trébole

A lo alto y a lo bajo
Y a lo ligero
A lo alto y a lo bajo
Y a lo ligero
Al uso de mi tierra (bis)
Toco el pandero (bis).

A pasar el trébole (bis)
A pasar el trébole
La noche de San Juan.
A pasar el trébole (bis)
Al pasar el trébole
Los mis amores van.

Qué quieres que te traiga
Si voy a Madrid.
Qué quieres que te traiga
Si voy a Madrid.
No quiero que me traigas (bis)
Que me lleves sí (bis)

A pasar el trébole (bis)
A pasar el trébole
La noche de San Juan.
A pasar el trébole (bis)
Al pasar el trébole
Los mis amores van.



Al olivo, al olivo

Al olivo, al olivo,
al olivo subì.
Por coger una rama
del olivo caí.
Del olivo caí,
quién me levantará?
Una niña morena
que la mano me da.
Que la mano me da,
que la mano me dio,
una niña morena
que es la que quiero yo.
Que es la que he de querer,
una niña morena,
que ha de ser mi mujer.
Que ha de ser y será
esta niña morena
que la mano me da.



El Barquito Chiquitito

Había una vez un barquito chiquitito, (bis)
que no sabia, que no podía, que no podía navegar,
pasaron un, dos, tres,
cuatro , cinco, seis semanas,
pasaron un, dos, tres,
cuatro, cinco, seis semanas,
y aquel barquito y aquel barquito
y aquel barquito navegó.

y si esta historia, parece corta,
volveremos, volveremos, a empezar,
había una vez un barquito chiquitito (bis)
que no sabia, que no podía, que no podio, navegar.....
etc



El burro enfermo

A mi burro, a mi burro
le duele la cabeza,
el médico le ha puesto
una corbata negra.

A mi burro, a mi burro
le duele la garganta,
el médico le ha puesto
una corbata blanca.

A mi burro, a mi burro
le duelen las orejas,
el médico le ha puesto
una gorrita negra.

A mi burro, a mi burro
le duelen las pezuñas,
el médico le ha puesto
emplasto de lechuga.

A mi burro, a mi burro
le duele el corazón
el médico le ha dado
jarabe de limón.

A mi burro, a mi burro
ya no le duele nada
el médico le ha dado
jarabe de manzana.



El cocherito

El cocherito, leré
me dijo a noche, leré,
que si quería, leré
montar en coche, leré.

Y yo le dije, leré
con gran salero, leré.,
no quiero coche, leré
que me mareo, leré.

El nombre de María
que cinco letras tiene:
la M, la A, la R, la I
la A.
MA-RÍ-A.



¿Dónde están las llaves?

Yo tengo un castillo,
matarile, rile, rile.
Yo tengo un castillo,
matarile, rile, ron chimpón.

Dónde están las llaves,
matarile, rile, rile.
Dónde están las llaves,
matarile, rile, ron chimpón.

En el fondo del mar,
matarile, rile, rile.
En el fondo del mar,
matarile, rile, ron chimpón.

Quién irá a buscarlas,
matarile, rile, rile.
Quién irá a buscarlas,
matarile, rile, ron chimpón.

Irá Carmencita,
matarile, rile, rile.
Irá Carmencita,
matarile, rile, ron chimpón.

Qué oficio le pondrá,
matarile, rile, ron chimpón.

Le pondremos peinadora,
matarile, rile, rile.
Le pondremos peinadora,
matarile, rile, ron chimpón.

Este oficio tiene multa,
matarile, rile, rile.
Este oficio tiene multa,
matarile, rile, ron chimpón.




¿Dónde vas, Alfonso XII?

Dónde vas, Alfonso XII,
dónde vas triste de tí?
Voy en busca de Mercedes
que hace tiempo no la ví.

Ya Mercedes está muerta,
muerta está, que yo la ví,
cuatro duques la llevaban
por las calles de Madrid.

Su carita era de cera
y sus manos, de marfil,
y el velo que la cubría,
de color carmesí.

Sandalias bordadas de oro
llevaba en sus lindos pies,
que se las bordó la infanta,
la infanta doña Isabel.

El manto que la envolvía
era rico terciopelo
y en letras de oro decía:
"Ha muerto cara de cielo"

Los caballos de Palacio
ya no quieren pasear,
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar.

Los faroles de las calles
con gasas negras están,
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar

Ya murió la flor de Mayo,
ya murió la flor de Abril,
ya murió la blanca rosa,
rosa de todo Madrid.



Cu Cu

Cu cú, cu cú
Cu cú, cu cú

Cu cú cantaba la rana
Cu cú debajo del agua.

Cu cú pasó un caballero
Cu cú con capa y sombrero.

Cu cú pasó una señora
Cu cú con traje de cola.

Cu cú pasó un marinero
Cu cú vendiendo romero.

Cu cú le pidió un ramito.
Cu cú no le quiso dar.
Cu cú y se echó a llorar.



Un Elefante

Un elefante se balanceaba en la tela de una araña,
y como veía que no se caía fue a avisar a a otro elefante..

dos elefantes se balanceaban en la tela de una araña,
y como veían que no se caían fueron a avisar a a otro elefante..

tres elefantes se balanceaban en la tela de una araña,
como veían que no se caían fueron a avisar a a otro elefante,

Cuatro elefantes se balanceaban......



Uno de Enero

Uno de Enero,
dos de Febrero,
tres de Marzo,
cuatro de Abril,
cinco de Mayo,
seis de Junio,
siete de Julio San Fermin.

A Pamplona hemos de ir,
con una media,
con una media,
a Pamplona hemos de ir
con una media y un calcetín



La vaca lechera

Tengo una vaca lechera,
no es una vaca cualquiera,
me da leche merengada,
ay! que vaca tan salada,
tolón , tolón, tolón , tolón.

Un cencerro le he comprado
Y a mi vaca le ha gustado
Se pasea por el prado
Mata moscas con el rabo
Tolón, tolón
Tolón, tolón

Qué felices viviremos
Cuando vuelvas a mi lado
Con sus quesos, con tus besos
Los tres juntos ¡qué ilusión!



El patio de mí casa

El patio de mi casa
es particular.
Cuando llueve se moja
como los demás.

Agáchate,
y vuélvete a agachar,
que los agachaditos
no saben bailar.

Hache, I jota, ka
ele, elle, eme, a,
que si tú no me quieres
otro amante me querrá.

Hache, I jota, ka
ele, elle, eme, o,
que si tú no me quieres
otro amante tendré yo.

Si vienes a este corro
aprende a cantar.
Correrás si yo corro,
como los demás.

Levántate
y vuelve a levantar,
que los levantaditos
si saben bailar



Tengo una muñeca

Tengo una muñeca
vestida de azul,
con su camisita
y su canesú.

La llevé a paseo,
se me constipó,
la tengo en la cama
con mucho dolor.

Esta mañanita
me dijo el doctor,
que la dé jarabe
con el tenedor.

Brinca la tablita
que ya la brinqué
bríncala tu ahora
que ya me cansé

Dos y dos son cuatro,
cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho,
y ocho dieciséis.

Esos son los besos
que te voy a dar
para que mejores
y puedas pasear.



El señor don Gato

Estaba el señor Don Gato
sentadito en su tejado
marramiau, miau, miau,
sentadito en su tejado.

Ha recibido una carta
por si quiere ser casado,
marramiau, miau, miau, miau,
por si quiere ser casado.

Con una gatita blanca
sobrina de un gato pardo,
marramiau, miau, miau, miau,
sobrina de un gato pardo.

El gato por ir a verla
se ha caído del tejado,
marramiau, miau, miau, miau,
se ha caído del tejado.

Se ha roto seis costillas
el espinazo y el rabo,
marramiau, miau, miau, miau,
el espinazo y el rabo.

Ya lo llevan a enterrar
por la calle del pescado,
marramiau, miau, miau, miau,
por la calle del pescado.

Al olor de las sardinas
el gato ha resucitado,
marramiau, miau, miau, miau,
el gato ha resucitado.

Por eso dice la gente
siete vidas tiene un gato,
marramiau, miau, miau, miau,
siete vidas tiene un gato.



PIN PON

Pin pon es un muñeco,
con cuerpo de algodón,
se lava la carita
con agua y con jabón.
Se desenreda el pelo,
con peine de marfil
y aunque se da tirones
no grita y dice ¡uy!
Cuando las estrellas
comienzan a salir
Pin pon se va a la cama
se acuesta y a dormir


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Y SI TODAVÍA QUIERES MÁS ..................
POESÍAS: educación infantil
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CANCIÓN DE CUNA

La cuna de mi hijo

se mece sola

como en el campo verde

las amapolas.

Este niño pequeño

no tiene cuna;

su padre es carpintero

y le hará una.

En la cuna bonita

mi niño duerme,

dulces le dará un ángel

cuando despierte.

Duerme, vidita mía,

duerme sin pena,

porque al pie de la cuna

tu madre vela.

Pajarito que cantas

en la laguna:

no despiertes al niño

que está en la cuna.

Estrellita del cielo,

rayo de luna:

alumbrad a mi niño

que está en la cuna.



CASITAS

¿VES ESTA LINDA CASITA?

ES DE UNA MARIPOSA CHIQUITA,

Y ESTE HERMOSO CASCARÓN,

DE MI AMIGO EL CARACOL.

¿VES AQUELLA TAN BONITA?

LUCE COMO UNA ESTRELLA,

ESA ES MI CASA,

PARA MÍ, LA MÁS BELLA.



LA NANA

A la nanita, nana,

de San Clemente;

mi niño chiquitito

ya tiene un diente.

Ea, la nana,

ea, la nana:

duérmete, lucerito

de la mañana.

A la nanita, nana,

duérmete pronto,

que detrás de este diente

te saldrá otro.



LA NOCHE Y EL DÍA

CUANDO ES DE DÍA,

BRILLA MUCHO EL SOL

TODO LO ALUMBRA

Y NOS DA CALOR.

LUEGO, POCO A POCO,

SE VA ESCONDIENDO

Y CUANDO ES MUY TARDE,

SE QUEDA DURMIENDO.

ENTONCES LA LUNA

CUMPLE SU DESEO,

LLAMA A LAS ESTRELLAS

Y SE VAN DE PASEO.




AGUA, SAN MARCOS


¡AGUA, SAN MARCOS,

REY DE LOS CHARCOS!

PARA MI TRIGUITO,

QUE YA ESTÁ BONITO;

PARA MI CEBADA,

QUE YA ESTÁ GRANADA.

PARA MI MELÓN,

QUE YA TIENE FLOR;

PARA MI SANDÍA,

QUE YA ESTÁ FLORIDA;

PARA MI ACEITUNA,

QUE YA TENGO UNA.



EL OTOÑO


EL OTOÑO ESTÁ MUY TRISTE

CON SU CHAQUETA MARRÓN.

NADIE SABE LOS MOTIVOS,

CUÁL ES SU PREOCUPACIÓN.

LOS ÁRBOLES LLORAN HOJAS

QUE AL SUELO LLEGAN LIVIANAS.

EL JARDÍN ES UNA ALFOMBRA

TAPIZANDO LAS MAÑANAS.



CAMPANITAS NAVIDEÑAS

¡Din...don...dan!
Repica la campana,
¡Din...don...dan!
repica sin cesar
su música divina
nos llama a festejar.
¡Din...don...dan!
¡Llegó la Navidad!
Fiesta de alegría
de amor y de paz
¡Din...don...dan!
¡Hay que celebrar!
La campana nos llama...
La fiesta va a empezar,
y al compás del din don dan
a todos les deseamos
¡Feliz Navidad!
¡Din...don...dan!
¡Feliz Navidad!



LOS REYES MAGOS


PREPARAN SUS MALETAS

LOS REYES MAGOS

PARA VIAJAR DEPRISA

HASTA EL ESTABLO

DE UN PEQUEÑO PUEBLITO,

ALLÁ EN ORIENTE,

DONDE HA NACIDO UN NIÑO,

MUY SONRIENTE.

TAN CARGADITOS IBAN

LOS REYES MAGOS

QUE LOS CAMELLOS,

AL VERLOS, SE HAN ASUSTADO.

LAS CARITAS DE SUSTO

DE SUS CAMELLOS

HICIERON QUE LOS REYES

DECIDIERAN CAMBIAR

Y VIAJAR EN AUTOBÚS,

HASTA AQUEL LUGAR.

GASPAR SE HA MAREADO

POR LAS CURVAS DEL CAMINO,

MELCHOR Y BALTASAR

LE CUIDAN COMO A UN NIÑO.

¿POR FIN LOS REYES MAGOS

LLEGARON A BELÉN,

FELICES Y CONTENTOS,

AL NIÑO VAN A VER!



NOCHEBUENA


ES DÍA DE NOCHEBUENA,

Y NOS REUNIMOS PARA CENAR,

UN VILLANCICO DE FONDO SUENA

Y ACABAMOS POR CANTAR.

ES UNA NOCHE MÁGICA

Y LLENA DE EMOCIÓN,

A PAPÁ NOEL ESTOY ESPERANDO

CON TODA MI ILUSIÓN.



PAPÁ NOEL


PAPÁ NOEL SE HA COMPRADO

UN TRINEO CON MOTOR,

PARA REPARTIR LOS REGALOS

Y TRAERNOS A TODOS TURRÓN.

PERO COMO ES TAN DESPISTADO,

GASOLINA NO LE ECHÓ

Y SE HA QUEDADO PARADO

CERQUITA DE NUEVA YORK.

HAN TENIDO QUE TRAERLO

EN LA GRÚA HASTA MI CASA,

VENÍA MUY PREOCUPADO

¡IBA A DEJARME SI NADA!

PERO COMO AL FINAL LLEGÓ,

REPARTIÓ CON ALEGRÍA

PAZ, FELICIDAD Y AMOR.



CANCIÓN DE INVIERNO


POR UNA ALFOMBRITA

DE ALGODÓN

VAMOS EN TRINEO

DIN DIN DON...

SOMBREROS DE LANA

Y CAPUCHÓN,

PONCHOS DE VICUÑA

DON DON DON...

EL INVIERNO TOCA

EL ACORDEÓN

ARRIBA DE UN ÁRBOL

DIN DIN DON...

LA CIGARRA DUERME

EN SU COLCHÓN

MIENTRAS CAE LA NIEVE

DON DON DON...

LA LLUVIA NOS CANTA

SU CANCIÓN

Y EL VIENTO LE APLAUDE

DIN DIN DON

POR UN CAMINITO

DE ALCANFOR

YA SE VA EL INVIERNO

DON DON DON...



EL CARACOL

Que no suba el caracol

ni al almendro, ni a la flor...

ni al rosal, ni a la maceta.

Que enseñe los cuernos,

que salga de casa,

que se estire al sol...

¡Qué caminitos de plata

va dejando el caracol

cuando sale de su casa!



LA CIGÜEÑA


EN EL CAMPANARIO

VIVE LA CIGÜEÑA.

¡FEBRERO LA TRAE

Y AGOSTO LA LLEVA!

PLUMA BLANQUECINA,

PATA LARGA Y TIESA.

LAS CIGÜEÑAS HACEN

RONDA POR LA IGLESIA



BODA DE FLORES


AQUELLA ROSITA,

NACIDA EN ABRIL,

QUERÍA CASARSE

CON UN ALHELÍ.

IRÁ DE PADRINO

SU TÍO EL JAZMÍN,

E IRÁN A LA BODA

CLAVELES CIEN MIL.

VESTIDOS DE BLANCO,

VERDE Y CARMESÍ,

LA ROSA SE CASA CON EL ALHELÍ.



HORMIGAS


DÍA A DÍA,

TENAZMENTE,

LAS VERÁS ACARREAR

HOJAS, GRANOS,

BRIZNAS, SOBRAS,

PEQUEÑAS SEMILLAS

Y MIL COSAS MÁS.

PASO A PASO

A SU HORMIGUERO,

EN FILA INDIA

LO LLEVARÁN,

PARA INCANSABLES,

DE NUEVO,

SU TRABAJO RECOMENZAR.



EL SOL QUERÍA BAÑARSE


EL SOL QUERÍA BAÑARSE

PORQUE TENÍA CALOR.

LLEVABA EL CALOR POR DENTRO

LA LUNA SE LO ADVIRTIÓ;

PERO EL SOL NO LE HIZO CASO,

NI SIQUIERA LA ESCUCHÓ.

Y HACIA EL CAER LA TARDE

SE TIRÓ AL MAR Y SE AHOGÓ.

AL VER QUE SE AHOGABA EL POBRE,

EL CIELO SE OSCURECIÓ.

LAS ESTRELLAS LLORABAN

LAGRIMAS DE COMPASIÓN.



VIENEN LAS OLAS


VIENEN LAS OLAS A LA PLAYA.

CANTANDO VIENEN, CANTANDO VAN,

MIENTRAS LOS NIÑOS CON LA ARENA

JUGANDO ESTÁN.

JUEGOS DE NIÑOS EN LA PLAYA;

LAS OLAS VIENEN, LAS OLAS VAN,

LOS CASTILLOS DE ARENA, ESTRELLAS

Y NAVÍOS SIN CAPITÁN.


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